Por Arturo Zárate Ruiz

El hombre no es una criatura más. Goza del señorío sobre las otras: «Dios dijo: “Hagamos al hombre a nuestra imagen, según nuestra semejanza; y que le estén sometidos los peces del mar y las aves del cielo, el ganado, las fieras de la tierra, y todos los animales que se arrastran por el suelo”».

Este dominio, por supuesto, implica la responsabilidad de guardar lo encomendado. Tanto el papa Francisco, en Laudato Si, como recientemente el papa León XIV, en su mensaje del 1º de septiembre de 2025, nos lo han recordado.

En cualquier caso, ser guardianes de la creación no significa dejarla inculta, sino exige hacerla florecer. Prohibidos los brazos cruzados como los del servidor malo y perezoso que inmovilizó sus talentos. Nada de permanecer en los árboles y sólo comer su fruta, si la hay. Como humanos y civilizados que somos, debemos producir en abundancia los bienes recibidos, e inventar nuevos, para servicio y goce de muchos.

Uno de los primeros rasgos de la humanidad civilizada es la agricultura. La “ideal”, según Cole Fenge, de la Food and Agriculture Organization, sería así:

«En esta agricultura, el monocultivo y la producción insostenible son reemplazados por prácticas que cuidan el suelo y mantienen su cobertura de forma permanente, rotando una gran diversidad de cultivos para no agotar los nutrientes de la tierra. En esta agricultura, los beneficios de la tierra alcanzan a todos aquellos que la trabajan con sus manos, y no caen en los puños de sólo un pequeño grupo de grandes empresas.

«En esta agricultura, la producción rentable convive con la protección del ambiente y los recursos naturales, alterando de forma mínima del suelo a través de la siembra directa y la labranza mínima y protegiendo su cobertura con material orgánico».

Pero la gran productividad que previene hambrunas suele requerir más: el uso intensivo de semillas híbridas, fertilizantes químicos, pesticidas y maquinaria, muchas veces un solo cultivo en la temporada. No suele bastar lo “natural”, es más, suele manipularse la genética y suelen crearse mezclas que para algunos puristas no son sino monstruos similares a los que dio vida el Dr. Frankenstein. Pero así se consigue la productividad.

Ahora bien, aun la agricultura “ideal” altera el medio ambiente original, como lo hace también cualquier concentración humana en ciudades, o aun en pequeñas aldeas. Pretender dejar el medio ambiente como si los humanos jamás hubiésemos existido requeriría justo eso. Aun los pueblos recolectores y cazadores prosperaron por el uso del fuego. Cabe notar que otras especies también “prosperan” al aumentar su población. Pero solo el hombre puede asumir responsabilidad por ello y hacerlo con inteligencia.

Es cierto que, en regiones generosas, como en gran medida Michoacán y otros estados del sur de México, tiene éxito la agricultura “ideal” o “ecológica”, una que es difícil pensar que amenace el medio ambiente original. En predios de dos hectáreas, tal vez por no requerir químicos, se supone que no peligran, por ejemplo, las especies nativas. Pero, aun cuando se usan esos químicos, que es muy frecuente, no tiene uno que suponer daños. La química puede hacer mucho bien, como ocurre con la medicina bien recetada en los humanos.

Lo usual en el norte de México es recurrir a los químicos y mucha tecnología para convertir en agrícolas amplias áreas que antes eran áridas. Hacerlo no tiene por qué amenazar el campo. Más bien lo hermosea. Los desiertos son ahora un vergel. Con la modernización y aun con la industrialización del campo, el inmenso norte de la república es productivo y contribuye en gran medida a resolver el déficit alimentario de los mexicanos.

En breve, salvo que los agricultores norteños (y muchos otros más ahora en el resto de México) sean irresponsables, no hay que temer que perjudiquen el medio ambiente con sus adelantos. Tal vez modifiquen éste, como lo hacemos ya al vivir en ciudades. Pero humanizar la naturaleza no acarrea destruirla. De hecho, implica el mejorarla.

Recordemos la parábola de los talentos. Dios no nos los dio para que nos los guardemos. Nos los dio para ponerlos a trabajar. Y en eso consiste mejorar cada día más la agricultura.

 
Imagen de Trương Đình Anh en Pixabay


 

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