Por José Ignacio Alemany Grau, obispo Redentorista
Domingo II de cuaresma – ciclo A
Reflexión homilética 1 de marzo de 2026
Este domingo nos trae unos pensamientos comprometedores y profundos. Comenzamos leyendo la valentía de Abram.
Génesis
Dios llama a Abram y sin más le dice: «Sal de tu tierra y de la casa de tu padre hacia la tierra que te mostraré».
Muchas promesas le hace el Señor, y Abram sin discutir ni preguntar «marchó como le había dicho el Señor».
¿A dónde? ¿cómo?
Se fio de Dios.
Salmo 32
Canta la misericordia del Señor, y el salmista le pide que nos llene con su bondad y misericordia.
El salmo se fía de «la Palabra del Señor (que) es sincera y todas sus acciones son leales».
Lo que necesitamos es la lealtad en la justicia y el derecho.
Todo esto lo posee Dios «y su misericordia llena la tierra».
Posiblemente fue este el motivo de la obediencia ciega de Abram.
San Pablo
En su carta a Timoteo nos invita a todos a sacrificarnos por el Evangelio:
«Toma parte en los duros trabajos del Evangelio según la fuerza de Dios».
A continuación, nos ofrece motivos suficientes para seguir a Dios que «nos llamó a una vida santa no por nuestros méritos sino porque desde tiempo inmemorial Dios dispuso darnos su gracia».
Lo interesante es que esta gracia nos la da por Jesucristo: «La gracia se ha manifestado al aparecer nuestro Señor Jesucristo que destruyó la muerte y sacó a la luz la vida inmortal por medio del Evangelio».
Aquí tenemos una clara invitación para meditar con profundidad en cómo ha llegado la santidad entre nosotros y que debemos evangelizar para que otras personas conozcan también el Evangelio.
Versículo antes del Evangelio
El versículo encierra las palabras más importantes de la revelación de Dios en el cerro de la transfiguración:
«Este es mi Hijo, el amado, escuchadlo».
Breves palabras que por ser dichas por el Padre Dios a los tres apóstoles que subieron a la montaña con Jesús, son la máxima invitación que hemos oído por la que Dios se revela a nosotros y nos marca el camino hacia Él: Al Padre se va por Jesucristo.
Evangelio
Nos dice que «Jesús tomó consigo a Pedro, Santiago y su hermano Juan, y se los llevó aparte a una montaña alta».
El Evangelio tiene dos momentos importantes: el primero es la transfiguración de Jesús y la presencia de «Moisés y Elías conversando con Él».
Entusiasmado Pedro con la visión dijo: «Señor, qué bien se está aquí. Si quieres haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías».
En aquel momento llegó lo más importante: el Padre Dios nos habla a todos con esta expresión que ya hemos oído en el versículo del Evangelio:
«Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto, escuchadlo».
La voz del Padre estremeció a los apóstoles que cayeron de bruces llenos de espanto.
Jesús se acercó a ellos y tocándolos les dijo: «Levantaos, no temáis».
Se había acabado todo, pero nunca unas palabras tan importantes pronunciadas por el Padre Dios.
El relato de este Evangelio termina con las palabras de Jesús:
«No contéis a nadie lo que habéis visto hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos».
Otra profecía de Jesús que debió dejar en suspenso a los apóstoles: Morirá y resucitará.
Como los apóstoles nosotros hemos recibido un mensaje para comunicar a todos, porque ya Jesús resucitó: «Este es mi Hijo amado. Escuchadlo».
Imagen de Claudia Hinz en Pixabay





