IGLESIA Y SOCIEDAD | Por Raúl LUGO RODRÍGUEZ |

  1. Pron en Letras Libres

Patricio Pron es un joven escritor y crítico literario (bueno, es 17 años menor que yo, lo que me autoriza para referirme a él como joven, aunque este año cumpla –él, no yo, que más quisiera– 42 años) originario de Argentina, rosarino para ser más preciso. Con cierta asiduidad colabora con la revista Letras Libres, mi revista de cabecera, y tiene una forma de desarrollar sus ideas en los ensayos que en dicha revista le he leído, que me subyuga.

En noviembre de 2016 escribió un ensayo breve relacionado con la exposición Unfinished, una muestra de obras de arte que regularmente se clasifican como inacabadas o incompletas –haya sido esto deliberado o accidental– que se exhibió para inaugurar el Met Breuer, espacio para el arte moderno y contemporáneo del Museo Metropolitano de Nueva York.

En una de las secciones del ensayo, que recomiendo vivamente (Letras Libres 215, noviembre de 2016; www.letraslibres.com), Pron habla de la “fijación contemporánea por la figura del zombi… y un interés continuado por las últimas palabras de los artistas de cierto renombre”. Mi interés por los zombis es, debo confesarlo, escaso. Pero las últimas palabras de quienes mueren son, en cambio, algo que me llena de interés. A partir de la afirmación de Pron que he citado literalmente, desfilan por las líneas del ensayo algunas de las palabras finales de artistas y personajes de diversa índole, algunas sombrías, otras airadas, algunas más jocosas. Karl Marx, nos cuenta Pron, interrogado por su devoto amigo, Friedrich Engels, en su cama de enfermo (Marx murió de una prolongada gripe que se desplegó en bronquitis y pleuresía, en marzo de 1883) para que dejara algún mensaje a la posteridad, recibió un regaño monumental: “¡Vete! ¡Desaparece de mi vista! Las últimas palabras son para tontos que no han dicho lo suficiente en vida”. No obstante el reparo de Marx, la fascinación por las últimas palabras no ha dejado de ejercer su influjo a lo largo de los siglos. Dice Pron que Michel de Montaigne tuvo la pretensión, incluso, de confeccionar algo así como un Diccionario de Últimas Palabras, que nunca llegó a realizar.

Algunos ejemplos narrados por Patricio Pron tienen un aura de genial simplicidad. Cuenta Pron, en una de las notas de su ensayo, que Bob Hope fue interrogado también en su lecho de muerte, pero acerca de qué es lo que deseaba que se hiciera con sus restos mortales, es decir, si prefería ser enterrado o incinerado, a lo que el actor contestó: “¡Sorpréndeme!”, y murió. O aquellas últimas palabras geniales pronunciadas por Franz Kafka que, dirigiéndose a su médico inmediatamente antes de morir, le pidió: “Máteme, o será usted un asesino”.

 

El ensayo de Pron no se limita, desde luego, a reseñar últimas palabras. Es solo un elemento en un intento mayor: plantearse las preguntas adecuadas acerca de la naturaleza de las obras de arte (pictórico, literario, escultórico, etc.) que son clasificadas como inconclusas, incluyendo desde luego aquellas que no lo fueron de manera accidental, por muerte del autor o abandono circunstancial de la obra, sino de aquellas que fueron concebidas de esa manera, es decir, que fueron dejadas voluntariamente inconclusas. Pero eso lo podrá constatar el/la lector/a de esta columna si el interés lo lleva a visitar y disfrutar el ensayo multicitado.

  1. El blog de un cura jubilado

El mes de noviembre está dedicado a los difuntos. Curiosamente, es el mismo mes de la publicación del ensayo de Pron en Letras Libres. Pues bien, en ese mismo mes, noviembre de 2016, un cura jubilado de Sevilla, Carlos Ros, que, como signo de una muy vital madurez etárea (o etaria, que de cómo se expresa el asunto de la edad también se discute harto) mantiene un interesante blog titulado “Mi parroquia de papel”, publicó en su sitio un puñado de últimas palabras de santos canonizados por la iglesia católica. Curiosa conincidencia. El objetivo del cura sevillano era que estas palabras “nos ayuden para el tránsito, cercano o lejano, de nuestro paso de esta vida al cielo, que por la misericordia de Dios esperamos”.

Hay algunas últimas palabras, de las enlistadas por Ros en su artículo, que llenan de asombro. Santo Tomás Moro, por ejemplo, condenado como traidor por no reconocer al monarca al que servía, Enrique VIII, como jefe de la iglesia en Inglaterra, fue decapitado en julio de 1535. Se cuenta que, ya con la cabeza puesta para recibir el tajo del hacha, desvió su barba a un lado, diciéndole al verdugo: “Esta barba no ha cometido ninguna alta traición”. Esas fueron sus últimas palabras.

Más conocida es la frase de la santa de Ávila y doctora de la iglesia, Teresa de Jesús, quien en Alba de Tormes, en octubre de 1582, repitió varias veces después de recibir la postrer comunión eucarística: “Muero al fin, Señor, hija de la iglesia” que, desde mi perspectiva, es mucho más que una frase piadosa, dicha para celebrar su pertenencia a la iglesia católica, porque hace una oblicua referencia a los intentos, contumaces, de combatir su reforma de la Orden del Carmelo, acusándola de practicar “una doctrina nueva y supersticiosa”, al investigar la Santa Inquisición su “Libro de la Vida” en enero de 1576, desde seis años antes de su muerte. Es inevitable no escuchar, en sus últimas palabras, el sereno triunfo interior de una santa que nunca se doblegó ante sus acusadores y que, a pesar de los intentos de descalificación, amó a su iglesia sin dejarse vencer por la estulticia de muchas de sus autoridades.

O santa Ángela de la Cruz, sevillana como el cura jubilado del blog, muerta en 1935 y canonizada en 2003, que murió diciendo: “No ser, no querer ser, pisotear el yo, enterrarlo si posible fuera… no ser, no querer ser…”, a contracorriente de quienes en nuestros días han sobrevalorado la autoestima y colocándose muy cerca de cierto pensamiento zen y budista que coloca en la eliminación del ego el camino de la iluminación…

  1. Renunciando a mis últimas palabras

He participado, en varias ocasiones, en algunas dinámicas concebidas para enfrentar la propia muerte. Incluso los Ejercicios Espirituales de san Ignacio, tienen una meditación que coloca al ejercitante en dicha situación. Uno de los talleres en que he participado y que recuerdo con más nitidez es cuando se me pidió que escribiera el epitafio que quería que quedara consignado en mi tumba. “Aquí yace un discípulo de Jesús”, fue el epitafio que escogí. Tiempo después, erosionada mi esperanza por la situación mundial y por los años invertidos en la lucha por el respeto a los derechos humanos, pensé que si la vida me ofreciera la oportunidad de tener la posibilidad de expresar algo en el momento de mi muerte, escogería la misma expresión con la que concluye el insuperable cuento de García Márquez, “El Coronel no tiene quien le escriba”.

Años más tarde, un accidente de tránsito sufrido hace algunos años me colocó, de repente, ante la muerte posible, ya no la de los talleres tanatológicos, sino la de huesos rotos y sangre derramada. Durante cerca de veinte minutos experimenté la certeza de que estaba a punto de morir. La experiencia fue sobrecogedora. Renuncié entonces a los epitafios; renuncié a unas últimas palabras. Renuncié también a unas Obras Completas, otra versión, bastante engreída, de las últimas palabras.

Visité hace algunos años, en los Estados Unidos, a un amigo que me fue muy querido. Estaba consumido por el cáncer. Como trabajaba en una editorial religiosa, salí del cuarto del enfermo terminal lleno de libros que él había decidido regalarme, todos ellos nuevos o en excelente estado y todos versaban sobre las materias a las que he dedicado muchos años de mi vida. Al salir del cuarto, en secreto, la esposa me pidió que yo no me llevara los libros, porque ella pensaba patrocinar con todos los libros de su esposo, varios cientos, una biblioteca que llevara el nombre del esposo, de suerte que su hija pequeña tuviera, ya de mayor, algún recuerdo de su padre. Respetando el deseo de la esposa, dejé los libros. Unos días después, cuando regresé para despedirme ya de manera definitiva del enfermo, los libros me fueron devueltos por mi amigo. El moribundo me dio una última lección, cuando me comentó que se había enterado de la intención de su esposa de erigirle una biblioteca en su honor. “Llévate los libros, me dijo, mi esposa ya entendió. No aspiro a ser recordado, ni albergo el deseo de que nadie se acuerde de mi nombre. He llegado al final. Es hora de desaparecer.”

Yo también, como dijera Osho, quisiera ser solamente nube.

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