Los migrantes que viajan de Centroamérica a Estados Unidos suelen hacerlo a lomo de un tren de carga al que llaman “La Bestia”. En días pasados se descarriló en Tabasco provocando varios muertos y heridos.

Según la empresa Ferrocarriles del Istmo, el accidente se debió al robo de clavos y placas de acero que fijan las vías a los durmientes. No fue accidente, sino un acto de consecuencias criminales imposibles de ignorar.

Los migrantes son seres prescindibles, producto de la cultura del descarte que nos reduce a cosas dentro de un vasto mercado. Son mercancía barata para los traficantes de personas y drogas; pero también mano de obra en movimiento de zonas sin oportunidades, a otras de riesgo. Al final, las leyes del mercado mandan que sean puestos en el molino de carne.

Los migrantes son seres invisibles, condición que parecen compartir con quienes les tienden la mano, el Papa incluido. El primer viaje de Francisco fue a la pequeña Isla de Lampedusa, para reunirse y celebrar misa con los migrantes que la usan como base en su ruta de África a Europa. Días antes, una barca se había hundido provocando varios muertos, quienes, como nuestros migrantes de Tabasco, apenas dieron nota en la prensa.

El viaje del Papa y sus palabras, en la misma Europa, pasaron entre la indiferencia y la molestia. Su homilía versó sobre las preguntas de Dios al Hombre, las cuales resuenan a lo largo de la historia. La primera, a Adán después de pecar, es decir, de constituirse en Dios para sí mismo: ¿Adán, dónde estás? La segunda, a Caín: ¿Dónde está tu hermano? La forma en que una sociedad responda a estas preguntas, define la naturaleza de su cultura.

Bien lo dijo el Papa, siguiendo a profetas y santos. Cuando los seres humanos pretendemos constituirnos en Dios, nos extraviamos y nos volvemos incapaces de cuidarnos los unos a los otros. Dejamos de reconocer que ese otro es un hermano y poco a poco borramos su humanidad, hasta hacerles prescindibles. Esta es la dinámica de la cultura del descarte que, por adquirir dimensiones mundiales, ha globalizado la indiferencia.

Poco antes, obispos de México, Centroamérica, el Caribe y Estados Unidos, tuvieron su sexto encuentro regional sobre migración y, como desde hace años, hablaron fuerte. Llamaron la atención en cuatro asuntos urgentes: reformar las leyes de migración en el hemisferio; promover el desarrollo humano sostenible; proteger a migrantes, refugiados, desplazados y menores sin acompañamiento y; atacar sin regateos el drama humano de la trata de personas. Al final, hicieron un llamado a las autoridades de Estados Unidos para que hicieran una reforma migratoria con sentido humanitario.

La voz del Papa y los obispos son gritos en el desierto, que hablan de seres prescindibles a los creadores de la cultura del descarte, a los promotores de la indiferencia globalizada.

Los migrantes centroamericanos, como en Lampedusa, sobreviven en parte a las redes de solidaridad tejidas por la Iglesia; pero les es imposible solucionar el problema por sí sola. La voz que clama en el desierto llama a cada católico a denunciar la globalización de la indiferencia de palabra y testimonio, para combatir la cultura del descarte en la vida cotidiana, justo ahí donde Dios nos ha puesto, acorde a talentos y carismas. En esto también consiste ser misionero y discípulo del Nazareno.

Jorge E. Traslosheros