Por Jaime Septién

Cuando se dijo que el Papa Francisco no iba tolerar ni seminaristas, ni sacerdotes pederastas, se dijo una grande verdad. Ya pasó con el nuncio en República Dominicana y ahora con el que fuera obispo auxiliar de Ayacucho, en el Perú.

Teniendo las pruebas en la mano, el Papa decidió que Gabino Miranda Melgarejo recibiera la más rigurosa de las penas para un clérigo: la pérdida de su estado, su reducción laical, su dimisión y alejamiento del sacerdocio.

Miranda Melgarejo ha sido acusado de actos de pedofilia. Es el primero de un obispo peruano involucrado en este tipo de delito.

Hoy se encuentra en paradero desconocido.

El comunicado que oficializa esta expulsión del otrora obispo auxiliar de Ayacucho fue dado a conocer hasta el día de ayer por parte de monseñor Piñeiro García-Calderón, arzobispo de Ayacucho y presidente de la Conferencia Episcopal del Perú, porque se encontraba fuera del país, en Estados Unidos, agradeciendo a las instituciones que colaboran en obras sociales de la arquidiócesis.

“Al retornar, me he enterado con amplitud sobre la situación que está viviendo la Iglesia de Ayacucho por la triste noticia de quien fuera su obispo auxiliar”, manifestó monseñor Piñeiro García-Calderón en su comunicado.

Una triste noticia no solamente para Ayacucho, el Perú o Sudamérica. Para todo el universo católico.

El Papa sabe de la repercusión de este tipo de acciones. Sabe que muchos dirán: “ahí hay que cambiar las normas, el celibato, etcétera”. Prefiere la verdad. Y la verdad es que los pecados contra el sexto mandamiento son irreductibles a la condición de clérigo. Y si son contra menores de edad, son un crimen.