Por Eugenio Lira Rugarcía, Obispo Auxiliar de Puebla y Secretario General de la CEM

27 de septiembre.

Hoy celebramos la memoria de san Vicente de Paúl. Todos anhelamos ser felices ¿Por qué? Porque Dios nos creó para serlo. Y cuando vio cómo a causa del pecado original perdimos el rumbo, nos envió a su Hijo único, quien, ungido por el Espíritu Santo, nos ha rescatado y nos ha mostrado el camino de la dicha. Lo hace particularmente en las bienaventuranzas (cfr. Mt 5, 1-12), que son como un autorretrato suyo.

Así lo comprendió y lo vivió san Vicente de Paúl, quien nació en Francia en 1581. Después de su ordenación sacerdotal y de una extraña aventura de esclavitud en Túnez, se trasladó a París, donde obtuvo un puesto de limosnero de la Reina Margarita.

Guiado por el P. Bérulle, fundador del Oratorio de Francia, descubrió la miseria material y espiritual de los campesinos. Entonces decidió trasladarse a una parroquia rural, donde, al encontrase con una familia cuyos miembros estaban todos enfermos, organizó a los vecinos para ayudarles. Así nació la primera “Caridad” que servirá de modelo a otras muchas más.

Para mejor servir a los pobres, san Vicente fundó la Congregación de la Misión, pidiendo a sus seguidores vivir el espíritu de Nuestro Señor, que condensaba en cinco virtudes: la sencillez, la mansedumbre para con el prójimo, la humildad para consigo mismo, la mortificación y el celo.

Con santa Luisa de Marillac, fundó en 1633 la Compañía de las Hijas de la Caridad, cuya finalidad principal “es imitar la vida de Jesucristo en la tierra, servir a los pobres corporal y espiritualmente, es decir, ayudarles a conocer a Dios y a emplear los medios para salvarse”.

“Las Hijas de san Vicente –comenta Juan Pablo II– como él, son el corazón de Cristo en el mundo de los pobres y también de los ricos a quienes tratan de hacer bondadosos con los pobres”. ¿Qué buscaba ante todo san Vicente en su vida y con sus obras? Hacer de las almas “amigas de Dios”. ¡Esa es la misión de todos los discípulos y misioneros de Cristo!

Ojalá el ejemplo de san Vicente de Paúl, que fue llamado a la vida eterna el 27 de septiembre de 1660, nos inspire en estos momentos estupendos y difíciles que nos ha tocado vivir, para que, viendo en los pobres a prójimos que no podemos abandonar, nos preocupemos y ocupemos de sus necesidades materiales y espirituales, teniendo presente aquella que afirmaba san Vicente: “El amor es creativo hasta el infinito”.