Por Mónica Muñoz |

“¿Es todo?”  Me dijo impacientemente la chica que me atendió en una tienda.  En seguida noté que la joven no era la única con esa actitud, todos los empleados denotaban el mismo comportamiento.

Y es que, por extraño que parezca, las personas en nuestros días viven demasiado estresadas, no tienen tiempo para detenerse a pensar en que la vida es hermosa y pasa volando.  Y en verdad es preocupante observar que la gran mayoría desempeña labores y trabajos que no son de su agrado, quizá esta sea una de las razones por las que no se sienten contentas en los sitios donde se ganan el pan de cada día.

Pero lo que más llama mi atención es el malhumor como común denominador en grandes y jóvenes, quienes van por la vida como si lo único que les interesara fuera ver transcurrir los días con ganas de que terminen pronto.  Por eso es más agradable todavía ver a los niños, que ríen con franqueza y confianza, sabedores de que lo importante es vivir el presente, sin preocuparse por el futuro ni atormentarse por el pasado.

Creo que es necesario hacer una introspección personal para analizar las causas que nos hacen perder los estribos ante cualquier situación adversa, para ponerle remedio de inmediato, no es posible vivir amargados y haciendo la vida pesada a los demás.

Pero, para nuestra buena suerte, el malhumor es una condición transitoria del ser humano que, tristemente, le impide relacionarse de manera sana y satisfactoria con sus semejantes, y digo que, por fortuna, es momentánea, porque nadie puede negar que es completamente molesto tratar a una persona de carácter agrio, así que es mejor deshacerse de él lo más pronto posible.

San Vicente de Paul fue un santo sumamente dulce y amable, parecía no saber enojarse por nada, por eso, ante todo, aconsejaba tratar a los demás con delicadeza, diciendo “Se atrapan más moscas con una gota de miel que con un barril de hiel”.  Cuentan que, antes de encomendarle a Luisa de Marillac la fundación de las Hijas de la Caridad, la formó durante cuatro años, instruyéndola en la alegría y el suave dominio de sí misma, es decir, la enseñó a deshacerse del mal humor y a no enojarse por nimiedades, tratando a la gente con ternura, tal como él había aprendido a hacerlo.

Quien así actúa, lima asperezas y doma su carácter, es cierto que no todos estamos educados de la misma manera y que nuestros temperamentos son distintos, pero es indispensable para las buenas relaciones humanas que desterremos de nuestra personalidad el mal genio, tan dañino en todo sentido.

Me espanta pensar que, por no saber dominarse, muchas personas llegan a agredir a sus semejantes, incluso al grado de quitarles la vida.  Si los padres de familia insistieran en que sus hijos aprendieran a tratar con suavidad a los demás, evitaríamos muchos males.  Pero para eso, como siempre, es necesario comenzar dando buen ejemplo.

El Papa Francisco se ha referido a este tema, diciendo que los cristianos no podemos vivir tristes, al contrario, la alegría debe ser una nota con la que se reconozca a los hijos de Dios, la alegría que da la verdadera paz e infunde esperanza.

Sé que muchos tienen motivos de sobra para vivir malhumorados, pero los invito a que juntos hagamos el esfuerzo de ver la vida con alegría, compartiendo con quienes están cerca de nosotros lo que somos y tenemos, motivándonos a ver el día a día con esperanza y a creer que es posible recomponer el mundo en que nos ha tocado nacer.