Por Fernando Pascual |

Aquel niño se estaba preparando para la primera comunión. Se acercó al sacerdote y le preguntó: “Pero, ¿tú conoces tan bien a Jesús por motivos de trabajo o porque sois amigos?”

La pregunta fue recordada por el mismo sacerdote que la escuchó, el padre Angelo De Donatis, en una de sus conferencias durante los ejercicios espirituales que predicó ante el Papa Francisco y sus acompañantes de la Curia, en marzo de 2014.

También esa pregunta puede llegar a mi corazón, quizá con algunas formulaciones diferentes. ¿Conozco a Jesús? ¿Bien, regular, mal? ¿Por qué le conozco? ¿Por costumbre, por inercia, por convicción, con frialdad, con entusiasmo, como a un amigo?

Se trata de preguntas que van a lo más profundo de mi fe católica. ¿Quién es Cristo para mí? ¿Quién soy yo para Él? ¿Lo conozco como el oficinista conoce a su jefe de trabajo? ¿O lo conozco como un amigo que escucha y que habla, que se queja y que consuela, que acompaña y que añora al ausente en los momentos en que no podemos estar juntos?

Nos vendría muy bien que un niño se acercase a nosotros para formular una pregunta sencilla y comprometedora. La respuesta no podemos darla en voz alta, sino en lo más profundo del propio corazón.

Hace dos mil años Jesús llamó amigos a sus discípulos (Jn 15,14-15). También a mí me llama amigo, y espera con ilusión cada gesto de ternura que tenga para con Él.

Cuando peco (por desgracia, tantas veces), sufre y aguarda en silencio, con el único anhelo de acogerme con su perdón y de limpiarme con su Sangre. Cuando entrego mi tiempo y mi corazón al servicio de los pobres, los tristes, los necesitados, siente una alegría inmensa, porque Él está presente en cada uno de los hermanos más pequeños (cf. Mt 25,40).

La pregunta ha llegado a mi vida: ¿conozco a Jesús por motivos de trabajo o porque, de verdad, somos amigos?