Por Juan Gaitán |

Los cuatro evangelios son textos que fueron escritos hace mucho tiempo, y todos sabemos que es difícil comprender libros de hace veinte siglos (en lengua griega, en un país lejano, con modismos propios de la época, etc.). Por esto, me surge la pregunta: ¿Cuántos años de estudio se requieren para comprender el Evangelio? ¿Qué podría entender un niño acerca de las verdades contenidas en las Escrituras?

La esencia del Evangelio es profunda, pero sencilla –con todo lo que implica el término «sencillez»–. Jesús no fue un académico, un erudito que dominaba las distintas teorías filosóficas de la época, ni quiso serlo. Su deseo más bien fue transmitir a todos los hombres el rostro misericordioso del Padre, la dinámica amorosa del Reino de Dios, ¡y fue un excelente Maestro!

Ahora que ando metido en los estudios teológicos (de la fe), algunas personas se me acercan: Juan, explícame tal cosa, ¿por qué en la vida esto o lo otro? Yo respondo con lo que dice tal documento o con una reflexión de algún autor. Jesús no. Cuando sus discípulos le preguntaron: ¿Qué es el Reino de los cielos? Miren un grano de mostaza. ¿Por qué acoges a los pecadores y comes con ellos? Pues ahí les va un cuentito… Y hasta los niños entendían.

Si bien es necesario contar con ciertos criterios para no caer en malas interpretaciones de las Escrituras, el Evangelio es sencillo, Jesús resume la amplísima Ley y los profetas en un par de mandamientos que van a lo fundamental.

Los niños: Marginados de corazón abierto

Entonces, ¿cuántos años de estudio se requieren para comprender el Evangelio? Pues resulta que la comprensión del Evangelio no se da sino a través de un corazón abierto.

«Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a los pequeños.» (Mt 11, 25) Y además, dice «Yo les aseguro: si no cambian y se hacen como los niños, no entrarán en el Reino de los Cielos.» (Mt 18, 3).

Ante la pregunta de quién es el más importante en el Reino, Jesús toma de modelo a un niño, lo pone al centro en una época en la que éste no era tomado en cuenta, su opinión no valía; al igual que la mujer, sin la presencia de un hombre adulto, el niño no era nadie. Y Jesús lo pone al centro porque tiene el corazón abierto. Para comprender y vivir el Evangelio ¡hay que cambiar y hacerse como niño!

Es bueno involucrarse en los estudios bíblicos, ampliar nuestra incipiente formación como católicos, pero el “no entender” ciertos aspectos de las Escrituras o alguna enseñanza de la Iglesia, no quiere decir que seamos incapaces de abrir el corazón para convertirnos al amor, de ser discípulos y misioneros de Aquel que amó hasta el extremo.

Que este 30 de abril en el que festejamos a todos los niños, sean ellos quienes nos despierten el deseo de asumir el Evangelio, un mensaje de amor para los sencillos. ¡Feliz día del niño A TODOS!