Por Juan Gaitán |

“Ahora puedo ver a un Dios que está apoyándome, que de verdad quiere algo nuevo para mí. Ya no lo veo tan lejano como alguna vez lo vi.” Rosita, 22 años.

“Me he encontrado a mí misma y me he acercado más a Dios.” Coral, 17 años.

¿Existen aún jóvenes enamorados de Cristo, de su proyecto de Amor y Justicia? Movidos por el Espíritu de Dios, miles de jóvenes en Latinoamérica –y en el resto del mundo– se preparan estos días con intensidad para compartir la gran fiesta de la Pascua en comunidades periféricas, fuera de sus hogares.

Las Misiones de Semana Santa son un momento de encuentro con Cristo. Distintos grupos se organizan para visitar todo tipo de poblaciones. En ellas los misioneros, junto con la comunidad, organizan las celebraciones de la Semana, visitan enfermos y ancianos, juegan con los niños, comparten dudas y respuestas con otros jóvenes. Catequesis, celebraciones litúrgicas, juegos, oración; todo eso es parte de la Misión.

Se trata de celebrar la fe en comunión, misioneros y comunidades, de “compartir desde ambos lados y enriquecernos juntos” (Nayeli, 21 años). Las Misiones son una fuente de renovación para la Iglesia y las hay de todo tipo: Rurales y urbanas, de grupos juveniles, matrimoniales y familiares, de grupos parroquiales, de colegios de inspiración cristiana…

Pero la experiencia de Misión no se queda solamente en un momento para compartir la fe, sino que se convierte en un parteaguas en la vida de miles jóvenes que tras el encuentro con Cristo, a través su rostro más vulnerable, se dan cuenta de que uno no puede mantenerse indiferente. Se actualizan las historias de los discípulos, que al contacto con Jesús, renuevan su existencia.

“Aprendes otra forma de vida” Jerusha, 17 años.

 “[La experiencia de Misión] me ha enseñado que a Dios se le puede encontrar en cualquier parte, que no es tan difícil buscarlo: en una flor, en un comentario, en una sonrisa. Dios está ahí.” Gayatri, 17 años.

“En el momento en que pasó el retiro y ya estando allá [en la Misión], fue como un choque.” Edgar, 23 años.

Los jóvenes se convierten en protagonistas de la Esperanza y, por esto mismo, son los primeros evangelizados. La Misión no solamente abre los ojos a nuevas realidades sociales (marginadas, pobres, explotadas), sino que abre el corazón al amor, a reconocer la misma presencia de Dios en sus vidas. Cuenta Edgar que en una Misión, platicó un momento con un señor de una comunidad rural: “sentí que estaba hablando no solamente con un señor, sino que había alguien más con nosotros. Yo creo que Dios.”

El compromiso para todos los que se quedan en sus casas, entonces, es claro: Unirse en oración con estos jóvenes, para que no sólo despierten esperanza en las periferias, sino que ellos mismos abran su corazón para, como dice el Documento de Aparecida, ¡recomenzar desde Cristo!