El Papa Francisco ha logrado que recen con él, en El Vaticano, palestinos y judíos. El gesto de Francisco nos interpela a todos. Y nos impone un nuevo camino para lograr la paz. Me explico.

“Un hombre quería colgar un cuadro. El clavo lo tiene, le falta el martillo. El vecino tiene uno. Decide pedirle al vecino que le preste el martillo. Pero le asalta una duda: ‘¿Y si no quiere prestármelo? Ahora recuerdo que ayer me saludó algo distraído. Quizá tenía prisa. Pero quizá la prisa no era más que un pretexto y el hombre tiene algo en contra mía.   ¿Qué puede ser? Yo no le he hecho nada: algo se le habrá metido en la cabeza.   Si alguien me pidiera prestada una herramienta, se la daría enseguida. ¿Por qué no él también? ¿Cómo se me puede negar un favor tan sencillo? Tipos como éste le amargan a uno la vida. A lo mejor se imagina que dependo de él. Sólo porque tiene un martillo: es el colmo…’. Nuestro hombre sale precipitado a casa del vecino. Toca el timbre, se abre la puerta y antes que el vecino tenga tiempo de decir ‘buenos días’, el hombre le grita furioso: ‘¡Quédese usted con su maldito martillo, imbécil!”

Comentando esta historia Paul Watzalawick anota que “la mejor medida para provocar la desdicha” es confrontar a alguien desprevenido “con el último eslabón de una cadena larga y complicada de imaginaciones” en la que ese “alguien” desempeña el papel de “malo de la película”. El Papa Francisco ha sorprendido a árabes y judíos.   Les ha dicho: “ustedes saben rezar; los invito a rezar juntos por la paz”. Lo mismo podemos hacer cada uno de nosotros… cuando necesitemos un martillo, o una caricia.

Por Jaime Septién