Por Jorge Traslosheros |

Los obispos mexicanos, no hace mucho, presentaron el documento: Educar para una nueva sociedad. Lograron dar en el corazón de uno de los más acuciantes problemas de México. Un auténtico pecado que clama al cielo por justicia y urge al compromiso de los católicos.

Los prelados no sólo hicieron un buen diagnóstico de nuestra emergencia educativa, también abrieron las puertas a la esperanza. La irrenunciable conexión que existe entre evangelizar y educar hará de esta propuesta un referente obligado en la pastoral de los años por venir.

Quiero resaltar tan sólo tres ideas. Primera: Ningún gobierno por decidido, dedicado y honesto que sea podrá arreglar el problema por sí mismo. Los atrasos y atavismos que nos agobian no se superan con pura buena voluntad. Segunda: Se llama a la sociedad civil a emprender acciones para la formación integral de personas comprometidas con el prójimo de suerte que la necesaria eficiencia técnica en la formación básica y profesional se teja con actitudes y valores que convoquen a la solidaridad. Tercera: Se comprende que la Iglesia, si bien es un actor importante dentro de la sociedad civil en materia educativa, en manera alguna es el único. Los católicos debemos profundizar el diálogo con diversos sectores sociales, sin hacerle gestos a nadie, en colaboración con los gobiernos, para arrimarle el cuerpo al toro.

Sacaron al mostrador lo mejor de la tradición educativa de la Iglesia. En el documento resuenan, entre otras, las ideas de Juan Bautista de La Salle, Marcelino Champagnat, Juan Bosco, J. H. Newman, Luigi Giussani. La educación católica tiene por objetivo formar buenos cristianos y honestos ciudadanos, para servir al bien de cada persona y de todas las personas.

Leí el documento con una sonrisa en los labios. Me invadieron recuerdos y constaté realidades. Me formé como estudiante en colegios maristas y como profesor entre los salesianos. Mentiría si dijera que fue idílico y que siempre cumplen lo que se proponen. Pero faltaría más a la verdad si no diera testimonio, aquí y ahora, de que la educación impartida en sus institutos está orientada al amor al trabajo, al prójimo y a Cristo en la Iglesia. Con ellos aprendí que el trabajo es bueno y digno si se realiza con disciplina, honestidad y cariño. También, que la caridad es el camino cierto para servir al prójimo y que esto genera lazos de amistad provocando, de manera natural, relaciones solidarias. La experiencia posterior me confirmó que muchos de sus egresados contribuyen de manera importante al bien común.

Por mi parte, he dedicado mi vida a la educación de los jóvenes en instituciones públicas y no confesionales. El método pedagógico asimilado por el ejemplo de mis maestros, religiosos y laicos, tan simple como la presencia constante del educador entre sus alumnos con amabilidad y autoridad, me ha funcionado de mil maravillas (a pesar de mí mismo) incluso con mis estudiantes de doctorado. La razón es sencilla: El método nace del trabajo y la caridad. Mi catolicidad, por ser un abrazo a lo universal en la particularidad de cada persona, me ha permitido abrir anchos caminos de diálogo con colegas y alumnos de las más diversas ideas y creencias, sin caer en baratas apologías, sin esconder mi identidad y, mejor aún, sin renunciar al Jesús de mis amores.

jorge.traslosheros@cisav.org