Por Leo García-Ayala |

Todos los días, al salir del colegio, acostumbramos a caminar unos cuantos metros para encontrar transporte. Muchos de mis amigos tienen automóvil propio, y esto es una gran bendición en una ciudad como esta en donde vivimos. Pero el asunto es que el otro día nos acompañó Francisco, que ¡jamás! había tomado un camión para ir a su casa.

En medio de la plática y el relajo que llevábamos, nuestro amigo cambió la actitud: dejó de bromear y notamos cómo miraba alrededor, como si estuviera en un planeta extraño. Cuando le preguntamos qué le pasaba, nos dijo: “Nunca creí que hubiera tanta gente pidiendo limosna en este rumbo”.

Llevamos más de dos años en este colegio y apenas Francisco se daba cuenta del panorama. Una de nuestras amigas sólo atinó a decir: “¿Qué le vamos a hacer?”, con aire de resignación y de inmediato continuó con su plática sobre moda, cantantes, celulares y esas cosas que llenan su cabeza.

 

Conformismo, un mal generacional

“¿Qué le vamos a hacer?” había dicho mi amiga, casi sin sentir. Pero esas palabras a mí me siguieron dando vuelta en la cabeza durante todo el día. ¿Es que acaso nada podemos hacer?

Esa tarde platiqué con un buen amigo y caímos en la cuenta de que muchos de nuestros amigos (y nosotros mismos) viven en la indiferencia ante los problemas sociales que nos saltan a la vista. “Somos conformistas”, espetó mi amigo.

Definitivamente la palabra “conformismo” suena mal. Me parece como si nuestro espíritu estuviera incompleto y no pudiera luchar para oponerse a lo que conviene derribar, para gritar contra la injusticia y nos mete en un silencio más injusto aun.

Con mi amigo coincidimos en que este mundo, este tiempo que nos ha tocado vivir exige de nosotros los jóvenes ser un poco inconformistas. “Indignación ética”, dicen los teólogos latinoamericanos.

Hace falta “intuir nuevos caminos. Pelear. No hay que caer en una resignación derrotada, convencidos de que ‘Dios quiere esto’ y ya está”. Estoy convencido de que Dios no quiere muchas de las cosas que ocurren, y ahí nos toca a nosotros imaginar otros caminos.

 

Urge rebeldía

Estoy consciente de que no podemos luchar todo el tiempo ni en todas las causas. Hay batallas que valen la pena y otras que no. Pero hay en la vida algunas historias que urge hacerlas notar, porque claman por rebeldía.

Aún no sé qué podría hacer yo. Me hace falta reflexionar, pero no quiero gastar mi vida sólo en pensar.