Por Mónica Muñoz |

Durante el siglo pasado, los padres de familia se comportaban como verdaderos pilares del hogar, el padre era quien denotaba la autoridad absoluta, no podían tomarse decisiones sin su consentimiento, porque él estaba a la cabeza en todo, poniendo orden y siendo el sostén de quienes dependían de él.  Por su parte, la madre quedaba al cuidado de los hijos y de las interminables tareas del hogar, actuando como centro y corazón de la casa y sus habitantes.

La disciplina era tan rígida, que a nadie se le hubiera ocurrido levantar la voz a sus progenitores o hacer lo que le viniera en gana, hacerlo implicaba un castigo ejemplar.  Tanto era el respeto que inspiraban, que se les hablaba de “usted”, besando reverentemente sus manos y pidiendo su bendición de rodillas. Yo, todavía vi ese comportamiento en mis padres.  Por eso, los hijos, al casarse, ponían en práctica lo mismo que habían aprendido en casa, haciendo de sus pequeños, niños educados en valores morales, religiosos y espirituales.

Sin embargo, algo pasó en la siguiente generación.  Mis primos y hermanos ya nos dirigíamos a nuestros estrictos abuelos, hablándoles de tú, y nadie se molestaba por ello.  Por supuesto, el respeto era el mismo, a pesar de haber roto una importante barrera  de comunicación con ese trato más cercano, porque inspiraba confianza.  Pero a pesar de eso, sabíamos que ellos eran quienes mandaban, al igual que nuestros propios padres en el seno familiar.

Actualmente, la situación ha cambiado, bien lo sabemos, el tren de vida que llevamos a obligado a las mamás a trabajar y dejar a sus hijos al cuidado de alguien más, en el mejor de los casos, de los abuelos, que los aman tanto como los mismos padres.  Ellos ya han pasado por eso, han educado y formado a sus vástagos, por eso se dan el lujo de consentir a sus nietos, que hacen la delicia de sus años adultos. No obstante, los niños van creciendo sin orden, malcriados y groseros, con serios problemas de conducta en la escuela, como resultado del abandono que muchos llegan a sentir por las horas que viven separados de sus papás, en un buen número de casos, pero en otros, porque no se pone límites a su conducta inapropiada.

Y es que se difundió la idea de que estaba mal pegarles a los  hijos que se portaban mal, aunque no pocas personas defendían el principio de que “vale más una nalgada a tiempo”, actitud tachada hoy como violencia intrafamiliar.  Porque seamos realistas, a muchos nos tocó aún el correctivo de la consabida chancla voladora, o el cinturón, o la pala, o el cable de la plancha, o lo que la creatividad inspirara a la mamá, que casi siempre era la encargada de aplicarlo, por supuesto, bien ganado por las travesuras tramadas por infantes que no estaban contaminados por el internet y los videojuegos.  Lo malo del asunto era que a veces se les pasaba la mano, porque no es lo mismo corregir que abusar de la fuerza física.

Personalmente, no soy partidaria de los golpes, de ninguna manera, pero sí de que a los menores se les impongan límites y reglas para que aprendan a ser personas de provecho y no desvíen su camino.  Es como colocar una valla protectora al acceso de las escaleras, de esta manera impedimos que el bebé que comienza a caminar sufra un accidente.

Los padres que son permisivos y demasiado condescendientes, hacen un mal enorme a sus pequeños, porque no les están otorgando las bases necesarias para enfrentar las adversidades o hasta los éxitos de la vida.  El niño que crece sin disciplina, se convierte en tirano.

Educar es una tarea ardua y constante, porque se trata de formar seres humanos con valores y principios.  Y para ello, hay que dedicar la vida misma, recordando que cada ser humano es único e irrepetible, con personalidad propia e intereses diferentes, por lo que el trato con cada uno debe ser especial.  Por eso, si queremos demostrar verdadero amor por nuestros hijos evitemos consentirlos demasiado y pongamos límites a su comportamiento, así tendremos una mayor garantía de que caminarán por el sendero correcto.