Por Ademir Arévalo, seminarista Hermandad Operarios diocesanos |

Frente al anuncio de la beatificación (el próximo 23 de Mayo) del arzobispo salvadoreño asesinado el 24 de Marzo de 1980, a quienes nos ha tocado esperar por largos años el día en que se diera este anuncio, nos viene el deseo de expresar la satisfacción de poder ver al pastor de nuestro pueblo en los altares.

Pero lo más importante es el hecho de que la iglesia oficial reconozca la voz profética de quien quiso ser la voz de los sin voz. Es decir, un reconocimiento que implica compromiso de quienes queremos apegarnos a la figura de San Romero de América, para responder desde nuestra realidad, de modo que esta beatificación no es simplemente una ceremonia para los salvadoreños, sino una invitación a todos los cristianos a salir de nuestras comodidades para ofrecer la esperanza del evangelio a los pobres y necesitados.

Romero nos dio ejemplo de ello; en la homilía del 3 de julio de 1979 se preguntaba: ¿por qué quiero ser sacerdote? Y decía: porque quiero correr el riesgo que muchos jóvenes no saben ver, porque quiero ser en medio del pueblo de Dios signo de unidad y proclamar la buena nueva a los necesitados, porque de esta forma hago presente a Cristo y su evangelio en el mundo de una manera más completa y más entregada.

En esta realidad no podemos celebrar la beatificación de Romero si vemos con miopía nuestra realidad tan necesitada, y no se puede ser un cristiano light, cuando Cristo está siendo crucificado en el pueblo.