Por Fernando PASCUAL |

 

Deseamos alcanzar miles de metas. Muchas de ellas realmente buenas: conseguir un trabajo, vivir en un hogar confortable, comprar una computadora que funcione bien, gozar de la cercanía de los amigos, tener salud y tiempo libre. Queremos tantas cosas…

Hay metas que no son un simple “algo”, sino que se convierten en un “alguien”. Una pareja que desea ardientemente tener un hijo no desea un objeto, sino acoger una nueva vida y ofrecerle amor.

A veces el deseo de un resultado bueno está rodeado de dificultades. Un intento fracasa, y otro, y otro. Si el deseo es especialmente intenso, existe el riesgo de iniciar un proceso que deforma la conciencia. Eso ocurre cuando uno empieza a pensar que el fin justifica los medios.

Esa es la mentalidad que genera tantos males en el mundo. Entre los muchos ejemplos que encontramos narrados en el pasado, el deseo de un hijo llevaba a muchos reyes a despreciar a sus legítimas esposas (incluso a provocar su muerte) para iniciar un nuevo matrimonio y conseguir así un descendiente. Y si empezamos a narrar hechos más recientes, nunca terminaríamos…

¿Por qué ocurre esto? Porque la mente y el corazón aceptan que alcanzar una meta concreta resulta algo irrenunciable, y que por lo mismo si los medios éticos no funcionan, estaría justificado el recurso a otros caminos que permitan lograr lo deseado.

De este modo, la conciencia queda herida de muerte. El principio bueno que nos recuerda que no todo vale queda sustituido por un nuevo principio: si esto sirve para llegar al objetivo, hay que intentarlo, aunque la ética se derrumbe y el corazón acepte la lógica de la prepotencia.

Frente a este grave peligro, es necesario reconocer que nunca un objetivo bueno da permiso para pisotear la ética, sea en contra de la conciencia de uno mismo, sea en perjuicio de otros. Porque una parte irrenunciable de la vocación humana consiste precisamente en renunciar al mal, sea respecto de las metas, sea también respecto de los medios usados para alcanzarlas.

Sólo es hermosa la vida cuando hacemos el bien y lo hacemos bien; cuando respetamos la verdad, la justicia, los valores éticos. Entonces un fracaso aparente (no conseguir eso que tanto deseábamos) se convierte en una victoria, si supimos seguir la conciencia y respetar criterios éticos que dan a la existencia humana su auténtico sentido, en el tiempo y en lo eterno.