Por Fernando PASCUAL |

 

Una enfermedad, una muerte, un dolor íntimo y profundo. El sufrimiento ha llegado a las puertas de un conocido, de un familiar, o de un amigo.

Quisiéramos tener las palabras justas, enviar señales de amistad y de apoyo, consolar a quien está bajo el peso de una tristeza inimaginable.

No encontramos esas palabras, o nos salen expresiones tímidas, pobres, incapaces de expresar lo que quisiéramos hacer por esa persona.

Al menos ahora podemos estar a su lado, ofrecer nuestra cercanía y disponibilidad, dedicar tiempo a la escucha y a la compasión.

Es el momento de consolar. El tiempo a veces ayuda a sanar heridas, pero alivia mucho descubrir rostros amigos y personas cercanas que ahí están, simplemente, para lo que se ofrezca.

Ese consuelo será más rico y más profundo si lo acompañamos con oraciones desde el corazón. Dios, que ha permitido una prueba difícil, sabrá consolar a esa mujer o a ese hombre que ahora lleva sobre sí una pena tan grande.

Hoy estoy así, sin prisas, junto a ti, que sufres y lloras. Quiero que tus lágrimas sean también mías, aunque seguramente no percibo ni una cuarta parte de lo que ahora tú sientes.

Al menos cuenta con mi corazón de amigo y con mi deseo de estar a tu lado. En este rato, y los que pueda ofrecerte, quisiera ser un buen samaritano de tu alma, un compañero que refleje un poquito al verdadero Consolador y Amigo: a Cristo, que alivió tantos dolores de nuestro mundo necesitado de cariño.