Por Fernando PASCUAL |

Hacía muchos años, en un país democrático, un joven deseaba apasionadamente entrar en la política.

Conoció a los miembros de un importante partido político. Vio sus ideas y le parecieron razonables. Decidió inscribirse como miembro.

Pasó el tiempo. El joven era honesto y buen trabajador. Además, era dócil: aceptaba con facilidad el ideario y programa político del partido.

Con el pasar del tiempo, los dirigentes le invitaron a las listas electorales, y aceptó. Llegaron las elecciones y consiguió un escaño: ¡era diputado!

El sueño de su vida parecía hacerse realidad. Ya estaba en el parlamento. Podía trabajar por el bien de su Patria.

Un día ocurrió algo inesperado. Un parlamentario de la oposición defendió en un debate ideas y programas diferentes de las del partido de nuestro personaje.

El joven parlamentario escuchaba y pensaba. Las ideas del “opositor” eran sensatas. La argumentación, buena. Pero lo más importante de todo: defendía propuestas justas.

Entonces surgió en aquel joven una duda: “¿puedo votar las ideas de mi partido, cuando acabo de comprender que algunas son equivocadas?”

Tenía ante sí un problema de conciencia. Porque, por un lado, había sido elegido como parte de un partido que defendía un programa definido. Por otro, había descubierto con su mente abierta que varias de esas ideas eran equivocadas, y que la justicia era defendida por “los otros”.

Habló con los compañeros y con los dirigentes de su partido. Le explicaron que ellos tenían la razón, y que todos debían respetar a los electores. Pero nuestro joven político creía que era mucho más importante seguir la propia conciencia a la hora de trabajar por el bien común.

Entonces pasó lo que tenía que pasar. Nuestro joven político rompió con la “disciplina del partido” y votó a favor de algunas propuestas de la oposición.

Porque, se decía a sí mismo, un parlamentario no es simplemente una marioneta que debe obedecer a los dirigentes de su partido, sino un hombre libre y responsable que busca, por encima de todo, la verdad y la justicia para servir a su pueblo.

Desde aquel día, empezó a explicar a la gente, sobre todo a sus votantes, sus nuevas ideas. Ello generó tensiones con su partido, pues lo consideraban un traidor desleal.

Intentaron acallar su voz. Boicotearon sus textos y discursos. Le abrieron un expediente. Le amenazaron con la expulsión. Le pidieron que renunciase a su acta como diputado.

Nuestro joven nunca había imaginado lo difícil que era seguir la propia conciencia. Pero para él la honestidad estaba por encima del partido. Había que sacrificar algo por un bien mucho más grande.

¿Cómo terminó la historia? Bueno, la verdad es que una parábola así es tan extraña que su final resulta casi irrelevante.

Porque hoy, en la realidad de muchos parlamentos, senados e instituciones similares, parece mucho más importante el partido que la justicia. Porque se ha impuesto una mentalidad según la cual solo lo que dice el partido obliga, mientras que escuchar a quien diga la verdad sería algo parecido a “herejía”.

Por eso hay tantos parlamentarios de partidos que apoyan el aborto, o la destrucción del matrimonio, o las imposiciones lingüísticas y culturales sobre minorías (a veces también sobre mayorías), o las independencias salvajes, o incluso leyes que privan a la gente de sus derechos fundamentales.

Hay muchos políticos que no son capaces de seguir su conciencia cuando escuchan a quienes les abren la mente con razonamientos válidos, cuando les ofrecen alternativas que sirven para ayudar a los hijos antes de nacer, a los desempleados, a las minorías, a los ancianos, a los enfermos, a los pobres.

La parábola del político honesto puede tener un final feliz si existen hombres y mujeres que amen tanto la justicia que estén dispuestos a dejar a un lado los idearios de sus partidos, aunque ello les implique sacrificios enormes, para trabajar en serio por el bien común del pueblo al que deberían servir.

Esos sacrificios valen la pena, porque encienden luces de esperanza y abren espacios a otro tipo de política, esa que necesita un mundo hambriento de justicia, especialmente para con los más débiles y desamparados.