Por Jaime Septién

El ejemplar que tiene en sus manos representa el inicio del año 24 de El Observador.  Dios ha sido espléndido con los que trabajamos en esta empresa laical al servicio de la comunidad católica de México.  Y, poco a poco, del mundo de habla hispana.

Nuestra directora general adjunta, Maité Urquiza, un servidor y todos los que formamos parte de esta familia editorial, solamente tenemos en nuestro corazón una palabra para Dios y para ustedes: gracias.  Es un enorme reto servirles a través de la prensa católica; poner de relieve el pensamiento cristiano en una sociedad inclinada a la relativización de los valores, la ceguera moral y la maldad como sinónimo de «éxito».

No, no nos creemos portadores de ninguna «novedad». La inmensa novedad del Evangelio es suficiente para llenar nuestras páginas.  El resto lo ponen ustedes, queridas lectoras, queridos lectores.  Ustedes que no se conforman con deglutir mentiras disfrazadas de noticias, falsedades ridículas vendidas como espectáculo, morbo de color bermellón e información de color amarillento.  Ustedes que nos han favorecido con su estima, con su aprecio y, por qué no, también con su crítica.

Tampoco somos –como algunos despistados platican— «oficiales» más que de Jesús de Nazaret.  Hemos puesto el talento y el mucho esfuerzo en concebir, semana a semana, un periódico dinámico, que le hable a las mujeres y los hombres de hoy.  Nunca un periódico nostálgico, abanderando la consigna de que «todo tiempo pasado fue mejor».  Menos aún, un medio que eleve a categoría de «noticia» estampitas piadosas, de una religiosidad azucarada que nada tiene que decir a los habitantes de la era digital.

El Observador seguirá hasta que Dios quiera.  Mientras tanto, un favor: sean solidarios con la prensa católica.  Hoy, cuando México ha perdido la brújula, es extremadamente urgente.

 

Publicado en la edición impresa de El Observador del 22 de julio  de  2018 No. 1202