Por Tomás de Híjar Ornelas, Pbro.

Los políticos y los pañales deben ser cambiados con frecuencia… ambos por la misma razón.

George Bernard Shaw

Depositar todas las expectativas que uno tenga en un proyecto humano está condenado a eso que el profeta (y tomándolo de él la Imitación de Cristo) escupe con dureza cuando afirma: «Maldito el hombre que confía en el hombre» (Jer. 17,5).

No obstante, carentes de más recursos y ayunos de esa lección, seguimos sin advertir que la única confianza sólo podemos tenerla en nosotros mismos en la medida en la que hayamos tocado la compasión de Dios, que es Cristo, Verbo encarnado, que subyace en el fondo de nuestra pequeñez cuando nos sentimos reconciliados y amados por Él.

Ese fue el hallazgo que el escritor inglés G. K. Chesterton hizo dentro de sí que le empujó a abrazar la fe católica, como lo desgrana de forma inigualable su personaje literario, el Padre Brown, antípoda del racionalismo positivista de su tiempo, en la saga copiosa de relatos que encabeza el curioso personaje gracias a la siguiente estrategia: poderse meter en los zapatos del criminal por estar seguro de llevar uno debajo del sombrero.

Una postura existencial más enérgica

El fracaso del racionalismo que hemos mencionado lo echa uno de ver en la postura existencial, desoladora y árida, de la escéptica generación del milenio –o generación. Y en relación a la generación X, la de los nacidos de mediados de la década de 1960 hasta el inicio de 1980–, en lo que se refiere al crédito que se concede al discurso de los gestores del bien público.

Más sorprendente es, empero, constatar cómo la necesidad espiritual en cuestiones de religión y fe no satisfecha de los millennials transita por extremos que van del descreimiento a posturas que parecían cosa del pasado o de la ignorancia, el esoterismo y la magia.

Estas personas –los millennials– «que se adaptan fácil y rápidamente a los cambios» y se caracterizan «por la hiperconexión, la necesidad de auto expresarse, la realidad financiera, el interés por la salud, la inmediatez y la búsqueda de experiencias entre otras cosas», sufren, sin embargo, eso que nadie había leído con frases tan desgarradoras como en los poemas de Elvira Sastre (Segovia, 1992), poeta, escritora, filóloga y traductora literaria española.

En su corta pero muy intensa vida ha podido redactar frases tan punzantes como estas: «La única manera de vaciarse de amor es llenándose de silencio», «Mi vida también fue una mancha negra en un lienzo blanco, pero entonces alguien me llevó al museo y me llamó arte. Quizá sólo se trate de encontrar a quien te sigue mirando cuando tú cierras los ojos», «Perdona si no abro la puerta. Este dolor, lo único que tengo, es lo que me recuerda que sigo viva», «Sea lo que sea: gracias por el huracán, deja la puerta abierta a futuros destrozos y posibles arreglos y, por favor, no vuelvas jamás».

¿Dónde, podemos preguntarnos, podrá apagar su sed un alma inquieta por estas cuestiones supremas, si no en la fuente del amor divino? ¿Y qué tienen ante sí, para saciarla, los miembros de esta generación de ruptura que ya está formada y aquí, en la estructura religiosa más consistente en el mundo y en la historia, la Iglesia católica?

Todo y nada mientras no se tome por los cuernos el toro del «machismo» clerical, «actitud o tendencia

discriminatoria que considera al hombre superior a la mujer», mal endémico y eviterno, a decir del presbítero y teólogo Antonio Aradillas, mientras Dios no lo remedie.

 

Publicado en la edición impresa de El Observador del 29 de julio de 2018 No.1204