Por: Mónica Muñoz|

En los años cuarenta del siglo pasado, el cine de oro mexicano enfocó sus historias en un personaje peculiar, el típico charro valiente, pistola al cinto, bien plantado, varonil, buen cantante, con sentido del humor, simpático, agradable, jinete consumado, en fin, casi un dechado de virtudes. Ah, pero eso sí, con defectos que hasta parecían cualidades, como ser enamoradizo, mujeriego, jugador, parrandero y borracho. Poca cosa, si consideramos que era, además, respetuoso de sus mayores, justo con sus trabajadores, honrado y protector como cabeza de familia.  Ante todo, desconocía el significado del miedo. Así teníamos el retrato del hombre perfecto y deseable, basta recordar los papeles que interpretaban los actores de la época, como Pedro Infante o Jorge Negrete, sumamente populares.

Sobra decir que los tiempos han cambiado; por supuesto, la modernidad desplazó al caballo por el automóvil, la vestimenta de charro por la ropa informal, las serenatas por el celular, la formalidad del hombre de recta intención que buscaba el matrimonio para formar una familia con la mujer de sus sueños por las relaciones inciertas y libertinas. Y ya no le sigo a la cuenta, porque no acabaría. Simplemente, ese personaje pasó a la historia y difícilmente será rescatado del olvido por las nuevas generaciones.

Pero quiero destacar un punto señalado letras arriba: El hombre que presentaban las antiguas películas, no tenía miedo de nada.  Y no me refiero solamente al temor a la guerra o a morir, sino a enfrentar sus responsabilidades.  Basta recordar que nuestros abuelos y bisabuelos contraían matrimonio a muy corta edad y vivían toda su vida con la misma persona, además de que el divorcio no existía, estaban conscientes de que el vínculo conyugal sólo lo podía romper la muerte.  Sabían enfrentar sus compromisos y aceptar las consecuencias de sus actos.

Ahora, penosamente, los jóvenes y los que no lo son tanto, buscan desentenderse de cualquier situación que les genere la menor incomodidad, no digo ya hacerse cargo de una familia, porque cada vez son más los que rehúyen el matrimonio y sus compromisos, tienen menos hijos y evitan encarar sus problemas.  A diario encuentro situaciones que me dan pena ajena. Por citar un ejemplo, una persona acordó con otra darle su coche de alquiler para que lo trabajara durante el día.  Al concluir el turno, se lo entregaría al conductor que maneja el vehículo por las noches. El cambio se realizaría a las 4 de la mañana.  El primer día, todo fue bien, aparentemente.  Sin embargo, para comenzar a trabajar el segundo día, no llegó el automóvil, como habían convenido.  Por supuesto, el chofer se tuvo que levantar desde las 3 de la mañana para estar listo.  A las 6 de la mañana, aún no había llegado el auto.  Nadie le avisó que ya no se lo llevarían. ¿Qué pasó?, la informalidad, ante todo, pero también el miedo de aclarar la situación que motivó el cambio de opinión.  Con el pretexto de “no tener problemas”, mucha gente actúa de manera injusta.

Es necesario que nos pongamos en el lugar del prójimo y tratemos de entender lo que piensa, con el afán de apoyarnos en caso de necesidad.  Pero también debemos sacudirnos los miedos que nos hacen alejarnos de la gente o nos desvían de nuestras metas.  Porque hay muchas clases de miedo: miedo al cambio, al fracaso, a entablar relaciones amistosas, a dejar malas amistades, a encararnos con personas con las que tenemos problemas, a crecer, a superarnos, a emprender un negocio, a perder la comodidad, a entregarnos a Dios…

No podemos vivir atados a nuestros temores.  Lo principal es usar la magnífica habilidad que tenemos los seres humanos para comunicarnos con palabras. Dice el dicho que “a quien no habla, Dios no lo oye”, no pretendamos que los demás adivinen nuestro pensamiento, si nos sentimos bien o mal con alguna persona, expresémoslo, es necesario que desarrollemos nuestra capacidad de diálogo y busquemos palabras adecuadas para darnos a entender con los demás.

Pero también hagamos a un lado los miedos que no permiten que explotemos nuestros talentos, quién sabe si de ello dependa nuestro éxito y hasta nuestra prosperidad.  El miedo, combinado con la pereza, nada bueno deja. No permitamos que nuestras cualidades, virtudes y dones se desperdicien por temores infundados.  En esta vida hay que tomar riesgos, porque el que no arriesga, no gana.  Animémonos a hacer algo nuevo y grande en nuestra vida, porque podríamos arrepentirnos de no haberlo hecho nunca.