Por Mons. Mario De Gasperín Gasperín, obispo emérito de Querétaro

El señor licenciado Don Andrés Manuel López Obrador, presidente electo de los Estados Unidos Mexicanos, «atendiendo al mandato de millones de ciudadanos y ciudadanas», acaba de invitar a los «hermanos y hermanas mexicanos» a participar en el primer paso del proceso de paz, mediante los «Foros de consulta para trazar la ruta hacia el Pacto de Reconciliación Nacional».

El pasado 6 de agosto la Conferencia del Episcopado Mexicano recibió la invitación formal para participar en dichos «foros» y, el señor cardenal Francisco Robles Ortega, presidente de la misma, pidió al señor arzobispo de Morelia, monseñor Carlos Garfias Merlos, responsable de los asuntos de «Justicia, Paz y Reconciliación» del episcopado, encargarse de organizar dicha participación.

Estos foros «pueden ser una ocasión propicia para anunciar nuestras más profundas convicciones evangélicas, de manera serena y comprendiendo la pluralidad de visiones presentes en nuestro país», señala  monseñor Garfias.

Promover una cultura de paz es una de las tareas primordiales de la Iglesia de Jesucristo. Las santas Escrituras enseñan que Dios bendice a su pueblo dándole la paz, que Jesucristo resucitado saludó ofreciendo la paz, y que se despidió dejándonos su paz. San Pablo llegó a afirmar que «Cristo es nuestra paz», porque reconcilió a los hombres con Dios y a los pueblos entre sí, mediante la sangre de su cruz. La Iglesia católica es el Pueblo de la paz y para la paz.

La Iglesia ora siempre por la paz. Construye paso a paso la paz y promueve la reconciliación en la Misa dominical. El toque de las campanas es el llamado a la concordia y a la paz, reuniendo a la comunidad. Nos recibe el sacerdote con el saludo de paz y nos invita a pedir el perdón de nuestros pecados, a perdonar a los demás y a solicitar su intercesión a los hermanos. Sólo los reconciliados pueden reconciliar. La ofrenda ante el altar exige la reconciliación. La Iglesia es la única institución que pide perdón en público y predica la reconciliación. Sin reconciliación y perdón no hay ofrenda agradable a Dios. Por eso, en el Padrenuestro pedimos que perdone nuestras ofensas como nosotros perdonamos a quienes nos han ofendido. Una vez perdonados, nos damos la mano en señal de reconciliación y nos ofrecemos la paz y, en la Comunión, participamos todos del mismo Pan. Con la bendición de Dios, nos separamos llevando la paz a la familia, al trabajo, a los demás.

La Iglesia, durante todo el año, durante todos los años, está orando y celebrando asambleas públicas y sagradas implorando el perdón de Dios, buscando la reconciliación fraterna y construyendo la paz. La Misa dominical es una escuela viva de fraternidad y de paz.

Del Magisterio reciente de los Romanos Pontífices recordemos la Pacem in Terris de san Juan XXIII, y los Mensajes sobre la Paz que cada año, el día primero, los Papas dirigen a los jefes de estado y a los constructores de la paz.  Los obispos mexicanos, conscientes de esta misión y urgencia, publicaron una profética «Exhortación Pastoral» (2009) sobre «La Misión de la Iglesia en la construcción de la paz» intitulada «Que en Cristo, Nuestra Paz, México tenga Vida digna». Mucho ayudaría, ciertamente, si los fieles católicos cayéramos en la cuenta de nuestra misión de «constructores de la paz», y que los responsables de la paz pública tuvieran una poca de atención a una doctrina que contiene la paz verdadera, la que arranca del corazón, la que da Cristo y no la que el mundo no puede dar.

Publicado en la edición impresa de El Observador del 26 de agosto de 2018 No.1207