Por  Sergio  Ibarra

El arte sacro, en su función,  es aquel que, siendo religioso, tiene un destino litúrgico, ritual; es decir, tiene que servir para el culto divino. Por esta razón en la constitución Sacrosantum concilium se dirá que el arte sacro es la «cumbre» del arte religioso, puesto que se destina a un fin de mayor importancia.

El arte, al igual que el resto de las manifestaciones del intelecto y de la fe del hombre, ha pasado por una evolución en cada una de sus categorías: la literatura, la danza, la escultura, la música y la pintura. A lo largo de los siglos, en el camino de conocer, de dar a conocer sus raíces y aceptar la fe, encontramos lo que este tipo de arte  quiere conseguir: hacer a la perfección cada aspecto divino y cada pasaje mediante esculturas, mosaicos y pinturas. Es la síntesis de una forma de evangelización a través del arte, tal como en su momento sólo fue la palabra o inclusive el vino; el arte se sumó casi naturalmente como una fuerza evangelizadora.

En el arte sacro la composición de las imágenes religiosas no se deja a la inspiración de los artistas, sino que deben revelar los principios básicos expresados por la Iglesia y la tradición cristiana, aunque en algunos casos relacionado con el arte abstracto con una terminación religiosa. Los ejemplos en cada una de las manifestaciones del arte son múltiples; en la pintura habría que reservar la monumental obra de Rembrandt del Regreso del Hijo Pródigo; así también al maestro Serrat con su poesía la Saeta; Gustav Malher con su segunda sinfonía Resurección; los cantos gregorianos, la música de la monja Hildegard Von Bingen, varios Réquiems de compositores clásicos, o el Ave María de Schubert, hasta el Cristo de Dalí, que hoy día podemos admirar en la Ciudad de México, en el Museo Soumaya de la plaza Loreto.

En México resalta la monumental escultura de Cristo Rey en el cerro del Cubilete, en el municipio de Silao, estado de Guanajuato. En su cima se encuentra el Cristo de la Montaña, construido en los años de 1940, pero un monumento anterior data de la década de los veintes del siglo XX. En 1928 el monumento fue bombardeado y dinamitado por órdenes del presidente Elías Calles, uno de tantos masones que han gobernado nuestro país, como tal parece ser el presidente electo, que tanta pleitesía le rinde a quien lo impuso, que con tanto orgullo él mismo nombra como el mejor presidente de nuestro país.

Fue durante la administración del último presidente de México miembro de las fuerzas armadas, general Ávilia Camacho, con quien se gestionó la reconstrucción del Cristo Rey mexicano, obra que se realizó entre 1944 y 1950 y que finalmente tiene una altura de 20 metros y peso de 80 toneladas. Podría haber sido más alto o menos, más pesado o menos; quedan los testimonios de fe en el arte, que se extienden hasta el gran cantaautor José Alfredo Jimenez, quien, como gran poeta, tuvo la sensibilidad de dejar en una de sus letras el testimonio de lo que representa esta obra que citamos.

Las obras del arte sacro católico son inconmensurables y son testimonios invaluables de fe como lo han sido para nosotros y lo serán para las siguientes generaciones, a menos que algún masón tenga la iniciativa de bombardearlos y desate otra guerra cristera.

TEMA DE LA SEMANA: ¿LA ARQUITECTURA TIENE RELIGIÓN?

Publicado en la edición impresa de El Observador del 26 de agosto de 2018 No.1207