Por Tomás de Híjar Ornelas, Pbro.

Sus vigías […] todos son perros mudos, no pueden ladrar. Is. 56,10

Luego de leer a Isaías la frase que sigue escuece menos esta otra: «La carrera predatoria del arzobispo McCarrick no hubiera sido posible sin el silencio culpable o la complicidad activa de los hombres en los niveles más altos de la Iglesia», texto que introduce la carta de 43 universitarios católicos estadounidenses, publicada hace unos días en la revista religiosa ecuménica estadounidense First Things, al calor de la estrepitosa caída del ex cardenal Theodore Edgar McCarrick, arzobispo emérito de Washington, en la que piden a la Santa Sede revelar los nombres de los obispos protectores de pederastas y romper con «el silencio que rodea la incorrección sexual en la Iglesia», y a los obispos tomar «medidas claras cuando los sacerdotes burlan las enseñanzas sexuales de la Iglesia y eliminen las redes de sacerdotes sexualmente activos».

Este texto, preámbulo al informe apenas publicado de un gran jurado estadounidense en Pensilvania, donde luego de analizar mil casos documentados de pederastia entre miembros del clero católico de la provincia eclesiástica de Filadelfia, pone en la picota la complicidad de los obispos de esa provincia eclesiástica de 70 años a la fecha (Allentown, Altoona-Johnstown, Erie, Greensburg, Harrisburg, Pittsburgh y Scranton) por su silencio cómplice y conducta dolosa que encaja en la denuncia a los obispos del sur de Francia hace 800 años, del Papa Inocencio III, que los llama «Estos ciegos, estos perros mudos que no saben sino aullar, estos simoníacos que venden la justicia, absuelven al rico y condenan al pobre, ni siquiera observan las leyes de la Iglesia; acumulan los beneficios y encomiendan el sacerdocio y las dignidades a sacerdotes indignos, a muchos analfabetos».

Las terribles revelaciones del informe de Pensilvania movieron de inmediato al Papa Francisco a publicar una Carta al Pueblo de Dios, a propósito de los abusos sexuales del clero, en la que reconoce que «nunca será suficiente lo que se haga para pedir perdón y buscar reparar el daño causado» y pide «generar una cultura capaz de evitar que estas situaciones no solo no se repitan, sino que no encuentren espacios para ser encubiertas y perpetuarse».

Para lograrla invita a todos a «condenar con fuerza estas atrocidades», incluyendo la conducta cómplice de los superiores de los criminales, y asumir este «hecho de manera global y comunitaria», denunciando en  lo sucesivo «todo aquello que ponga en peligro la integridad de cualquier persona», a costa del clericalismo y de la cultura del abuso.

Casi a la par de la suya, la escritora canadiense avecindada en Francia, Nancy Huston, de 64 años de edad, envió a Francisco una carta abierta en la que afirma que «la perversión» de la pederastia clerical descansa en la negativa de la Iglesia «a reconocer la importancia de la sexualidad y las desastrosas consecuencias de reprimirla» a través, dice de forma inexacta, del «dogma del celibato», fuente, dice, de «estos actos inapropiados», pues «el celibato forzoso no sirve de nada», dado que «la mayoría de los sacerdotes no logran conservar la castidad. Lo intentan, pero fracasan», concluye.

Del tema escribió en extenso y de forma profunda el doctor Jean Meyer en su obra El celibato sacerdotal. Su historia en la iglesia católica (Tusquets, 2009). En él demuestra que dicha disciplina ni es antinatural ni cruel y sí fruto de un derecho que la iglesia tiene a imponerse elementos de conducta siempre a cambio de que vigile y atienda su cumplimiento cabal.

Sepultemos, pues, la era de los «perros mudos» con paletadas de congruencia evangélica tal, para vivir en consecuencia a lo que señala Cristo en Mateo 19,12: si es posible abstenerse de relaciones sexuales a pesar de tener la capacidad perfecta para ello como un don que conduce a una vida feliz en servicio a Dios en los demás.

Publicado en la edición impresa de El Observador del 26 de agosto de 2018 No.1207