Por el P. Fernando Pascual

En casa, en la oficina, en un grupo de amigos, en la ciudad, en el Estado, conviven diferentes puntos de vista sobre cómo organizarse, qué hacer, en qué maneras distinguir entre lo bueno y lo malo.

Un ejemplo sencillo. Un día de calor con algo de viento. En casa uno desea abrir la ventana para disfrutar de la corriente de aire. Otro se opone y considera que la corriente puede provocar catarros o incluso una gripe de verano.

Los dos familiares empiezan el diálogo. Si logran un punto de acuerdo, las diferencias llevarán a una decisión compartida. Si no hay acuerdo, hay materia suficiente para que inicie un conflicto.

El conflicto puede desarrollarse de diversas maneras. Algunas de baja intensidad, como cuando uno abre la ventana mientras el otro descansa, esperando que luego se someta ante los hechos consumados.

Otras llevan a tensiones más graves. Uno abre la ventana, el otro la cierra. Portazos, amenazas, rabia, incluso un forcejeo físico para ver quién gana.

Todo conflicto necesita llegar a una solución. No puede mantenerse por largo tiempo, sobre todo porque genera desgaste, porque hiere a las personas, porque provoca sentimientos de rabia, de frustración, incluso de venganza.

Por desgracia, la historia humana está llena de conflictos que han llevado a la lucha física, al uso de la fuerza, a la guerra, al deseo de imponerse y destruir al adversario.

Pero también hay ocasiones en las que el diálogo sereno, la apertura del corazón y el deseo común por llegar al acuerdo, han permitido no solo superar las diferencias, sino incluso evitar conflictos dañinos.

Encontrar soluciones a los conflictos es uno de los retos más grandes en las familias y en los pueblos. Ello no implica negar las diferencias, sino encontrar modos concretos que dejen espacio al diálogo y a una convivencia justa.

¿Un sueño difícil, casi imposible, de alcanzar? En algunos casos sí, porque la cerrazón mental, incluso algunas enfermedades psíquicas, hacen imposible un diálogo constructivo.

Más allá de las dificultades, con una oración confiada a Dios, y con un deseo de buscar el bien común que permita acoger los sanos intereses particulares, será posible caminar para evitar conflictos perniciosos y para encontrar soluciones que tal vez no contentan a todos, pero al menos permiten una convivencia benéfica y abierta a reajustes en el futuro.