Por Tomás de Híjar Ornelas, Pbro.

Que se eduque a los hijos del labrador y del barrendero como a los del más rico hacendado

José María Morelos

Se usa de epígrafe en esta columna una frase que se atribuye al autodenominado Siervo de la Nación, autor también de unos «Sentimientos» que todos los mexicanos podríamos saber de memoria y mucho nos identificarían. Si eso no sucede, atribuyámoslo al carácter confesional que tienen sus artículos del 2 al 4, en los que se inspiran los párrafos que siguen: «Que la Religión Católica sea la única, sin tolerancia de otra. / Que todos sus ministros se sustenten de todos, y solos los diezmos y primicias, y el pueblo no tenga que pagar más obvenciones que las de su devoción y ofrenda. / Que el dogma sea sostenido por la Jerarquía de la Iglesia, que son el Papa, los Obispos y los curas, porque se debe arrancar toda planta que Dios no plantó».

Lo que nos conviene recordar, en estos días donde el patriotismo se edulcora en esa versión blandengue que es el patrioterismo, es que en tan pocas líneas el Sacerdote Libertador consignó lo que, pésele a quien le pese, es un dato histórico duro: que la nación mexicana nació católica y que el favor del derecho no le es esencial, antes bien, la contamina.

Los Sentimientos de la Nación, para quien no profese la fe católica, pueden ser excluyentes. Para su autor, no. Quería, en 1813, deslindarse públicamente de la etiqueta de hereje que le endilgaban a él y a su movimiento emancipador los simpatizantes del antiguo régimen.

Pero también -y eso lo perdieron de vista los masones y los liberales radicales, para quienes todo lo que tuviera relación con las prácticas religiosas es cuestión particular e íntima, tolerable más allá del hogar en los espacios creados para el culto- lo que Morelos propone en su tiempo es hoy como nunca la fórmula para evitar la corrupción de los miembros del estado eclesiástico: transparencia en la administración de bienes materiales.

En efecto, Morelos pide que se libere a la comunidad de los bautizados de toda clase de aranceles, como los que entre nosotros, a despecho de los que oficialmente señala el obispo, impone el capricho de los rectores de los templos, especialmente los muy taquilleros, para ceremonias casi todas alejadas del respeto a lo sagrado.

En tiempos de don José María el gobierno cobraba a los agricultores y ganaderos el diez por ciento de las cosechas y aumento de semovientes, y no sin antes quedarse con dos novenas partes, entregaba a cada diócesis el monto que se distribuía de la siguiente forma: una cuarta parte era para el obispo, la otra, para el Cabildo eclesiástico y lo demás para las obras a cargo de la Iglesia de entonces: la educación y la asistencia social.

Obispos hubo, como el dominico fray Antonio Alcalde, que con su cuarta episcopal echaron a andar proyectos sociales que hasta la fecha perduran; canónigos también, que usaron sus rentas para alentar iniciativas de trascendencia humanística y humanitaria. Otros, muchos tal vez, no hicieron nada…

Lo cierto es que en los tiempos de Morelos –hace 200 años–, era urgente ya implementar la pobreza evangélica como uno de los signos que deben caracterizar a los ministros sagrados de cualquier rango y categoría.

Una lectura autocrítica a esos artículos de los Sentimientos de la Nación facilitará a los pastores serlo en el sentido más transparente de su ministerio, y a las ovejas no dejarse esquilmar por impostores.

Publicado en la edición impresa de El Observador del 16 de septiembre de 2018 No.1210