Por Prisciliano Hernández Chávez, CORC.

Jesús, el Mesías de Dios, es el Señor de la Historia y de la eternidad. Él conoce las veleidades, vulnerabi- lidades y fragilidades de los hombres de todos los tiempos. En la historia de su Iglesia nos previno proféticamente con la parábola del trigo y de la zizaña, tan similares en apariencia y tan distintos en sus frutos. Parábola elocuente, para no tomarse la justicia por  mano de los impolutos o adelantar el juicio de Dios. Todo a su tiempo. Dios es paciente y misericordioso;  quiere que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad (I Tim 2, 4  ).

Distinta de la fragilidad y del pecado, está la maldad revestida de honorabilidad, soberbia taimada de aquellos que se sienten puros, cátaros, como los escribas y fariseos, raza de víboras que no se extinguirá sino hasta la consumación de la historia.

El mensaje  del Papa Francisco en la apertura del Sínodo de los Jóvenes (3 oct 2018) nos señala que el Espíritu lo anima en su quehacer pastoral. Ante los escándalos, el Papa señaló que este Sínodo «no se deje sofocar ni aplastar por los profetas de las calamidades y de las desgracias, ni por nuestros límites, errores y pecados». Ése es el ahora del Papa Francisco.

Me parece que la respuesta contundente a los males que aquejan hoy a la unidad de la Iglesia en general y  los ataques al Papa Francisco en particular, la tenemos en esa magna exhortación Gaudete et Exultate —«Alégrense y Regocígense»(19 mar 2018)—, del mismo Papa. Nos ofrece con un discernimiento del Pastor que guía a las ovejas a los buenos pastos de la verdad en la caridad del Evangelio, lejos de las opiniones prejuiciadas de quienes quieren una iglesia a modo, según su propio espíritu y pseudorrazón y no según el Espíritu Santo.

La infalibilidad se le entregó como carisma individual a Pedro, y en Pedro a todos y cada uno de sus sucesores, como lo definió el concilio Vaticano I (Cons-titución Dei Filius 3)  y lo reafirma el concilio Vaticano II en la Constitución Dogmática sobre la Iglesia (LG 25,c): «El Romano Pontífice, cabeza del Colegio episcopal goza de esta misma infalibilidad en razón de su oficio cuando, como supremo Pastor y doctor de todos los fieles, que confirma en la fe a sus hermanos (cf LC 22,32), proclama de forma definitiva la doctrina de fe y costumbres(…);en esos casos, el Romano Pontífice no da una sentencia como persona privada, sino que en calidad de maestro supremo de la Iglesia universal, en quien singularmente reside el carisma de la infalibilidad de la Iglesia misma, expone o defiende la doctrina de la fe católica».

Esta doctrina (del concilio Vaticano I)) sobre la institución, perpetuidad, poder y razón de ser del sacro primado del Romano Pontífice y de su magisterio infalible, el santo Concilio lo propone nuevamente como objeto de fe inconmovible a todos los fieles…(Ibidem 18,b). Así para que las puertas del infierno no prevalezcan sobre la Iglesia; quien recibió las llaves fue Pedro y sus sucesores (Mt 16,13-20). Está comprometida la promesa y el poder de Cristo resucitado, Señor de la Historia.

En el número 58 de la exhortación Gaudete et Exultate leemos lo que parece la respuesta inmediata del Papa Francisco a esos grupúsculos ruidosos: «Muchas ve-ces, en contra del impulso del Espíritu, la vida de la Iglesia se convierte en una pieza de museo o una posesión de pocos».

El beato Juan XXIII escribía en su Dia-  ri que la razón de ser del Concilio era «para limpiar el polvo imperial que se le adhirió a la Iglesia a través de los siglos». Este Papa se ha tomado en serio esta tarea: ha tomado  el plumero y la escoba, realiza ese sueño y  deseo del Papa Bueno, en el cumplimiento cabal del espíritu del concilio Vaticano II.

Continúa el texto: «Esto ocurre cuando algunos grupos cristianos dan excesiva importancia al cumplilmiento de determinadas normas propias, costumbres o estilos. De esa manera, se suele reducir y encorsetar el Evangelio, quitándole su sencillez cautivante y su sal». Este Papa, como san Francisco de Asís, vive, testifica y nos da el mensaje del Evangelio «sin glosas»; ese Evangelio de la alegría, de la santidad y de la comunión.

Y continúa como el gran maestro en discernimiento de espíritus: «Es, quizás, una forma sutil de pelagianismo, porque parece someter la vida de la gracia a unas estructuras humanas. Esto afecta a grupos, y movimiento o comunidades con una intensa vida en el Espíritu, pero luego terminan fosilizados… o corruptos».

En el número siguiente advierte cómo a veces, sin darnos cuenta, por pensar que todo depende del esfuerzo humano encauzado por normas y estructuras eclesia- les, se complica el Evangelio y nos volvemos esclavos de un esquema que deja pocos resquicios para que la gracia actúe. Cita a santo Tomás de Aquino, quien recordaba que los preceptos añadidos al Evagelio por la Iglesia deben exigirse con moderación «para no hacer pesada la vida a los fieles», porque así «se convertiría nuestra religión en una esclavitud».

El Papa Francisco tiene no sólo el timón de la Barca de Pedro, sino tiene el pulso de los tiempos y enfrenta sus tormentas, y bajo el Espíritu Santo nos guía en nuestro tiempo a las playas de la eternidad de comunión con Dios y con la comunidad de los santos.

Quienes atacan al Papa Francisco, ¿han promovido la comunión y la unidad en la Iglesia?, ¿han invitado a  ser mejores?, ¿han promovido el  buscar la santidad cristiana y católica, como la voluntad expresa de Dios: «ésta es la voluntad de Dios, vuestra santificación»?  (I Ts 4,3). Creo que sus posturas de defensa de tradiciones rancias son de los neofariseos que se rasgan las vestiduras escandalizados y escandalizadores.

El Papa Francisco, como sus antecesores, es un don de Dios para la Iglesia y  para los hombres de buena voluntad; es un Papa de nuestro tiempo y para nuestro tiempo. Orar por él es orar por la unidad de la Iglesia y para que el proyecto de Jesús, Sievo de Yahvé y el Kyrios glorioso, el Señor Mesías de la Gloria, continúe hasta la consumación de la Historia. Estar con el Papa Francisco  es estar con la Iglesia que fundó el Señor, cum Petro et sub Petro, gozosa y filialmente «con Pedro y bajo la autoridad de Pedro».

TEMA DE LA SEMANA: OBJETIVO: ¿DERRIBAR A PEDRO?

Publicado en la edición impresa de El Observador del 14 de octubre de 2018 No.1214