Walter Francisco Mena Aragón nació en la capital de El Salvador, pero actualmente vive en Estados Unidos. En su adolescencia tuvo contacto con monseñor Óscar Arnulfo Romero, recientemente canonizado; y de esa experiencia nos platica

Por Chucho Picón

Walter, ¿cómo es que conociste a monseñor Arnulfo Romero?

▶ A mí me tocó vivir la situación de guerra civil mientras estudiaba la secundaria y el bachillerato. Yo estaba en un colegio católico de los Hermanos Maristas, y siempre formé parte de la pastoral juvenil; fui catequista e iba con mis compañeros de parte del colegio al templo del Rosario, y cuando monseñor Romero se convirtió en arzobispo de San Salvador, los catequistas nos reuníamos de vez en cuando con él. Yo lo vi un par de veces en reuniones.

El contacto con él fue más de su presencia espiritual con nosotros que en lo físico que lo pudimos conocer. El verlo, por supuesto, fue un gran momento; pero diría yo que lo más importante cuando yo estaba en secundaria fue el impacto que tuvieron en mí sus homilías.

Para quienes no conocen la historia de tu país, ¿cómo era en ese momento la situación, el conflicto armado, qué es lo que más recuerdas de esa crisis?

▶ Fue la etapa de mi juventud en la que yo tuve más conciencia. Nací en 1965, y hacia 1975, 1979 o 1980, año en que murió monseñor Romero, todas las actividades de escuela y las amistades giraban en torno a una realidad social en la que, dependiendo de dónde vivías, te golpeaba más o te golpeaba menos. Yo vengo de una familia de clase media.

En San Salvador, la capital, vivíamos una situación de altos y bajos. Había bombas en los bancos, había bombas en los postes de luz, nos cortaban la electricidad y el agua…

La guerra en El Salvador tiene raíces muy profundas: de injusticia, de falta de oportunidades, de violación a los derechos humanos, de falta de derechos laborales, y de un grupo de millonarios dueños de mucha de la tierra salvadoreña. Y todo eso en un país pequeño.

Por los años 70 hubo elecciones que fueron fraudulentas. Entonces el gremio de los trabajadores, el gremio de los universitarios y la clase media empezaron a organizarse, pero sus líderes comenzaron a ser asesinados.

En 1977 llega monseñor Romero a ser arzobispo de San Salvador, en un momento bastante confuso. Dicen algunos biógrafos que fue elegido pensando que no se metería en grandes problemas, pues era muy seguidor de la doctrina de la Iglesia y muy «bibliotecario», por llamarlo de alguna manera; el entendía más de doctrina que de otras cosas. En este sentido Dios nos vuelve a enseñar que los pensamientos del hombre no son los pensamientos de Dios.

En tu adolescencia, en medio del conflicto, cuando te tocaba escuchar a monseñor Romero, ¿cuáles son las palabras que más te impactaron?

▶ Tuve un profesor que, cuando estábamos estudiando el discurso y sus partes, nos hizo grabar una de las homilías de monseñor Romero. Yo creo que lo hizo intencionalmente también para educarnos sobre la realidad nacional; y nos dio ese trabajo de oír la homilía para encontrar el mensaje que me convenció tanto que desde entonces no pude dejar de escucharlo cada domingo.

Al escucharlo yo tenía más consciencia de lo que estaba pasando. Monseñor Romero era alguien especial que todos los domingos se paraba en la Catedral a denunciar, a usar la Palabra de Dios, a integrarla a la vida de la gente, a estar más presente con los que estaban perseguidos, y a llamar la atención a la conversión a los militares y a los ricos.

Y hay una frase de monseñor Romero que a mí me parece poderosa; no sé cuándo la oí por primera vez pero siempre me parece una frase tan fuerte pero muy de la época y del contexto político-social que vivíamos: «A los ricos les pido que entreguen sus anillos porque, si no, les van a cortar los dedos». Era un mensaje de que la guerra no nada más afectaba a los pobres sino que a los ricos les iba a tocar también, y que iban a perder más que sus bienes materiales.

Desde entonces yo quedé conectado con monseñor Romero; pero él empezó en 78 y 79 a ser escuchado en muchas casas. Tú podías caminar por las cuadras de los diferentes barrios, y a la hora de su homilía del domingo todo el mundo lo estaba escuchando por radio.

Ese liderazgo profético de monseñor Romero se encarnó en los sacerdotes, se encarnó en la Iglesia; en mi círculo de la pastoral juvenil las canciones, la Biblia, todo iba encaminado a reflexionar sobre la situación social. Creo que Jesucristo lanzó un mensaje de justicia social profundo, y monseñor Romero lo tomó muy en serio y muy valientemente.

Walter, ahora que miras en retrospectiva, ¿consideras que monseñor Romero influyó en ti, en tu envío a la misión?

▶ Indiscutiblemente. Yo creo que monseñor Romero lideró una Iglesia como arzobispo por el significativo tiempo de tres años de vida pública, a semejanza de Jesús. Lideró un movimiento, una presencia de Iglesia con la gente; muchos dicen la Iglesia popular, la Iglesia de los pobres, y yo diría que sí era una Iglesia orientada y preocupada por los pobres, pero una Iglesia para todos, para las clases sociales medias, para todo aquel que era capaz de percibir no sólo ese mensaje justo sino acorde al Evangelio.

Desde esos momentos monseñor Romero ha jugado un papel muy importante en mi vida. Para mí, como para muchos, sus acciones de fe lo llevaron a ser un profeta santo.

Hubo 70 mil personas en la canonización. Pero haciendo la comparación con el funeral, éste ocurrió en un contexto de guerra. Varios hermanos maristas iban a asistir, así que yo quise ir con ellos y le pedí permiso a mi mamá; ella no me autorizó, y yo le decía: «Pero, ¿qué puede pasar, si es el funeral de monseñor Romero?». Y yo les dije a los hermanos maristas que sí tenía el permiso y me fui con ellos, por lo que mi pobre madre sufrió uno de los sustos más grandes. Gracias a Dios yo estaba cerca del altar, así que cuando comenzaron los disparos fui de los primeros que entraron al templo a refugiarse, ya que el funeral se estaba llevando a cabo en el atrio de la Catedral.

Publicado en la edición impresa de El Observador del 4 de noviembre de 2018 No.1215