En la edición pasada conocimos la historia de Emanuel Velasco, quien trabaja arduamente por los jóvenes de la comunidad de Schoenstatt y quien hoy nos cuenta de José Engling, un precursor de este movimiento y un Siervo de Dios que buscó la santidad con pequeños cambios en su vida diaria, que hoy siguen siendo ejemplo para todos

Redacción El Observador

Emanuel, ¿Quién fue José Engling?

Fue un seminarista de los padres Palotinos antes de que fuera el movimiento de Schoenstatt como tal. Él hizo su alianza de amor con la Virgen y se tomó muy en serio la tarea de hacer bien todas sus obras del día, todos sus logros, todas sus dificultades sólo por entregárselos a la Virgen como capital de gracias. Con esa entrega de todos los días buscaba la auto educación para hacer una sociedad nueva, empezando por uno mismo.

¿Cuál es su historia en particular?

Físicamente era un hombre enorme, tenía poliomielitis y algunas dificultades para hablar. El primer día que se presentó en la escuela se burlaban de él porque no podía pronunciar su nombre y como era de un rancho de Alemania, cuando entró le hacían bu- llying. Pero le empezó a echar muchas ganas a la escuela, era muy dedicado y los demás lo empezaron a admirar de cierta forma; veían en él a alguien que los podía ayudar.

Durante dos años en el seminario, pidió lavar los baños como ofrecimiento a la Virgen, y con eso empezó a arrastrar con su ejemplo, aun con todas esas cosas por las que se podían burlar de él.

Empezó a arrastrar a los chavos hasta que lo eligieron prefecto de la clase, que era como el jefe, y en contacto con su asesor espiritual, el fundador del movimiento, empezaba a hablar y a preguntarse cómo le iba a hacer. Empezó a platicar con los chavos de la congregación y con los seminaristas y les metió la idea de hacer del movi-miento algo importante para Europa, paralelo con una congregación maria- na que era la de los jesuitas.

Los seminaristas querían ser eso mismo, respuesta actual para la Iglesia en Alemania. José se toma en serio esta tarea y en el año donde hay más hambre por la guerra, porque el seminario se convierte en un hospital de heridos de guerra y hay escasez de comida y muchísimo frio porque no tienen calefacción. En ese momento José instaura lo que es el «capital de gracias» que son todos los ofrecimientos hacia la Virgen, e invita a todos los de la congregación a que hagan estos mismos ofrecimientos.

Ahí es cuando más fuerza agarra para hacer un movimiento importante en Europa y hoy, gracias a ellos, conocemos Schoenstatt en todo el mundo, porque en particular José Engling fue la alianza de amor viviente con la Virgen María, logró captar perfectamente qué era lo que Dios quería y logró transformarse interiormente. Aun en la guerra, estuvo en la primera guerra mundial, tenía sus diarios y tenía su plan de acción que era hacer un examen particular, hacer una revisión del interior del espíritu y hacía sus propósitos para mejorar con pequeñas acciones.

En su vida personal transformó muchas cosas que quería cambiar, cortaba de raíz con aquellas actitudes que no le gustaban de él mismo y tenía una lista enorme de cosas que quería cambiar. Con su plan de lucha hizo propósitos particulares cada semana y los trabajaba uno por uno para ir quitandolos y entonces irse santificando. Su ideal personal era: «Ser todo para todos» y de entera posesión de la Virgen.

¿Cuándo murió y dónde se le venera?

José murió en 1918 en la Primera Guerra Mundial. Le cayó una granada a la altura del hombro y la quijada, pero como era una zona en Cambrai, Francia, no encontraron su cuerpo. Mucho tiempo después hermanos consagrados fueron a la zona de Cambrai a buscar sus restos y nunca encontraron su cuerpo, pero, como para nosotros es una persona importante en el movimiento queremos tenerlo y en el Santuario de Alemania se puso un memorial que es una piedra con la fecha al lado de las tumbas de otros congregantes que fueron de los que empezaron junto con él. José es un ejemplo de santidad joven. Ya a los 20 años tenía una vida espiritual impresionante que todavía hoy nos invita a seguir sus pasos.

Es un santo de la vida diaria, es la alianza de amor vivida.

Su ardiente amor a la Virgen María, el tener a la Virgen como aliada, es un ejemplo clarísimo que la santidad se puede alcanzar con perseverancia. Cuando más seco estaba espiritualmente, más ofrecimientos hacía a Dios.

Publicado en la edición impresa de El Observador del 28 de octubre de 2018 No.1216