En la actualidad es muy común escuchar la palabra seminario en un contexto no religioso: «Imparto seminarios de fotografía de boda»; «Manlio Fabio Beltrones participó en un seminario de perspectivas políticas»; «Seminario ‘Formación basada en Competencias’ para los países del Mercosur»; «Inscripciones abiertas para el seminario intensivo de técnica de bordado mexicano»; «Para poder presentar su tesis de licenciatura, el pasante deberá realizar cuatro seminarios de la especialidad elegida», etc.

En ambientes no eclesiásticos su uso surgió hasta bien entrado el siglo XVIII a fin de designar una reunión de académicos con la intención de estudiar un cierto tema. También llegó a indicar una técnica de aprendizaje activa, por la cual los alumnos, guiados por un especialista en una materia determinada, no reciben información elaborada sino que deben buscarla y averiguarla por ellos mismos, y a su vez colaborar recíprocamente con lo hallado. Pero hoy el término prácticamente se ha convertido en sinónimo de cualquier curso de corta duración.

Ahora bien, por muchísimos siglos la palabra seminario solamente significaba una cosa a los oídos de la gente: era el centro de enseñanza eclesiástica al que varones jóvenes y adultos ingresaban para recibir formación teológica y espiritual a fin de poder ejercer más adelante el sacerdocio ministerial en cualquiera de sus grados.

Etimológicamente hablando, seminario viene del latín seminarium, que a su vez deriva de semināre, que quiere decir «sembrar». En latín «semilla», «simiente» o «germen» se dice sementis, mientras que el sufijo arium indica el lugar en donde están las cosas o donde se pueden desarrollar.

Por tanto, el seminarium es el lugar donde la Iglesia coloca las semillas de la vocación al sacerdocio ministerial, en espera de que tal simiente (constituida por sus seminaristas) germine, crezca y dé fruto para que luego pueda recibir el sacramento del Orden a fin de ejercer el ministerio confiado por Jesucristo.

El seminario más antiguo del mundo es el Almo Collegio Capranica, fundado en Roma en 1457, anticipándose a las disposiciones del concilio de Trento (siglo XVI), que estableció los llamados «seminarios conciliares».

Redacción

SIN SEMINARISTAS NO HABRÁ PRESBÍTEROS

El Anuario Pontificio 2018, presentado el pasado 13 de junio en el Vaticano, reporta que, a nivel planetario, hay mil 299 millones de seres humanos bautizados como cristianos católicos. Al mismo tiempo, existen 5 mil 353 obispos y 414 mil 969 presbíteros, además de 46 mil 312 diáconos permanentes, para un total de 466 mil 634 clérigos.

Si se divide el total de bautizados entre el total de ministros ordenados, a cada uno le toca atender espiritualmente a 2 mil 784 seglares cristianos, y eso sin contar su misión de incorporar más discípulos a la Iglesia (cfr. Mt 28, 19-20), con lo que la cifra sube.

Pero como los diáconos no pueden presidir los sacramentos de la Eucaristía y de la Penitencia, y como los obispos difícilmente pueden tener el acercamiento a los fieles que éstos necesitan, el trabajo pastoral queda depositado casi totalmente en los presbíteros. Visto así, a cada presbítero le toca, en promedio, la atención de 3 mil 130 bautizados.

Pero la realidad es que los pastores de la Iglesia no están proporcionalmente repartidos por el mundo. Por eso en México el promedio de feligreses que cada presbítero tendría que atender es de 6 mil 510. Y aun así sucede que en muchas diócesis hay parroquias con más de 20 mil fieles con apenas un sólo sacerdote ministerial (el párroco) para atenderlos, o si acaso con la ayuda de un sacerdote vicario.

La situación está muy lejos del ideal de un pastor por cada cien ovejas (cfr. Lc 15, 3-6). Y si no se alientan las vocaciones sacerdotales en familia (dejando libertad a los hijos para decidir), y si la Iglesia toda no cuida sus seminarios, nunca habrá suficientes pastores católicos.

TEMA DE LA SEMANA: CUIDAR AL SEMINARIO

Publicado en la edición impresa de El Observador del 4 de noviembre de 2018 No.12