La reciente consulta sobre el aeropuerto, el mismo fin de semana en que Brasil optó por Jair Bolsonaro, abre paso a un peligroso tipo de populismo americano que ya iniciaron Donald Trump en Estados Unidos y Hugo Chávez (Nicolás Maduro) en Venezuela, junto con Evo Morales (Bolivia).

La «técnica» de estos regímenes –el que se aproxima en México ya dio muestras de que podría ir por ese camino si no hay un verdadero contrapeso social— es la de «establecer» un vínculo directo con el pueblo, y hacer que «el pueblo hable», sin intermediarios: solamente al que «sabe» escucharlo. Medios de comunicación y partidos políticos «distorsionan» y «manipulan» lo que quiere «la gente».

Trump dice que los medios son engendros del mal; AMLO que son «fifís», mientras Chávez arengaba (Maduro arenga) a la gente en su contra, cerrándolos o posicionándolos como esbirros del capitalismo yanqui. En cuanto a los otros partidos, Maduro encarcela a sus líderes, Trump los hace creadores de todas las aberraciones migratorias y López Obrador los califica como «mafia».

El Observador lo ha dicho muchas veces: ése no es el modo de construir democracia. Más bien, es el modo más acabado de destruir la democracia. Las denuncias que se han escuchado por los pocos disidentes que pudieron salir de Venezuela; el odio social que existe en este momento, previo a las elecciones intermedias, en Estados Unidos (recuérdese la avalancha de paquetes bomba enviados a personas ligadas al Partido Demócrata por un furibundo Republicano) y muchas otras señales, nos alertan de los peligros de crear división, fomentar el odio (los que no piensan como el líder, no son «pueblo») y de limitar la acción ciudadana a los dictados del jefe, el ídolo, el tlatoani. Hay diferencias, es cierto. Pero el resultado es el mismo.

El Observador de la actualidad

Publicado en la edición impresa de El Observador del 4 de noviembre de 2018 No.1215