Por Walter Turnbull (+)

Llega diciembre y se acerca la gran ocasión: la Navidad. «Fiestas mexicanas de diciembre», les quieren llamar ahora, tratando de negar o desconocer el feliz y glorioso origen y el significado de estos festejos: el Nacimiento de nuestro Salvador.

Para algunos será ocasión solamente de diversión, festejo, reventón, excesos, desenfrenos… para otros, más entendidos, es la expectativa de la convivencia alegre y amable, la repetición de tradiciones entrañables, el intercambio de bonitos regalos, el disfrute de deliciosos manjares preparados con generosidad y cariño, el abrazo sincero junto con el buen deseo, la emoción de la vieja y hermosa música que nos trae su mensaje y su recuerdo…

Para los niños, que de los que son como ellos es el Reino de los Cielos, es promesa de dulces y nuevos juguetes, que a su vez son promesa de nuevos momentos de felicidad.

Y nos preparamos para ese festejo. Desde un mes antes compramos lo necesario, escogemos los regalos, planeamos y corremos para la última reunión del año con el grupo de amigos aquel, intercambiamos tarjetas y adornamos la casa, para impregnarnos más del espíritu que ilumina esta época y hacer de esa reunión un momento memorable. Bien hecho. Los momentos placenteros y enriquecedores hay que procurarlos, prepararlos y aprovecharlos.

Algo parecido debe ser el Adviento. Recordamos el feliz final de nuestras vidas en la dicha eterna del Reino de Dios, el banquete alrededor de la mesa del Padre.

Recordamos la paz y la armonía que habrán de reinar en la Ciudad de Dios. Recordamos el gran regalo que Dios nos hace de su Hijo, su salvación y su vida en plenitud, y el feliz momento en que Dios se hace hombre para iniciar los eventos culminantes de esa historia de salvación.

A nosotros, mexicanos, además se nos atraviesa el festejo de nuestra Santísima Madre, la Virgen de Guadalupe que, igual que a su prima Isabel en la Visitación, nos trae a Cristo y su salvación hasta nuestra propia casa para que también nosotros podamos saltar de gozo. La presencia de María en México en su advocación de Guadalupe es como otro Belén —oí decir alguna vez a don Norberto Rivera en una homilía—

Igual que nos preparamos y preparamos la casa para el festejo terrenal, tenemos que prepararnos espiritualmente para recordar y entender su significado y asimilar su mensaje; preparar un nacimiento para Cristo en nuestro corazón; procurar el nacimiento de Cristo en nuestras familias y nuestros ambientes; prepararnos para la segunda venida del Señor, para cada cual en su momento.

Es época de intensificar nuestra vida espiritual para prepararnos también para el otro banquete que viene en camino, el verdadero banquete, el máximo festejo, el Banquete Celestial, al que Dios nos ha invitado y en el que todo será paz, armonía, regocijo, abundancia y gozo en el Espíritu de Dios.

Publicado en la edición impresa de El Observador del 9 de diciembre de 2018 No.1222