Por Mónica Muñoz

Un tema que todos hemos visto tratar en los medios de comunicación y las redes sociales ha sido la caravana de los inmigrantes hondureños que ingresaron a México ante la desesperación de no tener en su país el sustento necesario para mantener a sus familias.

A todos nos ha conmovido observar hombres y mujeres con niños, en ocasiones muy pequeños, que han buscado a toda costa la manera de mejorar las condiciones de vida que su país, al parecer, no ha podido brindarles.

Y también es increíble la cantidad de comentarios que han surgido a raíz de esta situación, unos a favor y otros muchos en contra. Las personas de buena voluntad no saben cómo comportarse ante la gran marea de opiniones, pues ninguna parece ser la  que dé una respuesta satisfactoria a sus inquietudes.

Arriesgándome a ser una más entre este inmenso mar cibernético, creo, basándome en lo que dice el Santo Evangelio, que toda persona que se diga cristiana tiene que ver con caridad al hermano y condolerse de su situación, no importando las cuestiones políticas, sino observar únicamente el lado humano.

Basta recordar que el mismo Jesús fue inmigrante en Egipto. Dice la Escritura que San José, su padre adoptivo, fue alertado durante un sueño para que huyera con María y el Niño ante el peligro que corrían por causa de Herodes el Grande. (Mateo 2,13)

Y es oportuno recordar también la carta del Apóstol Santiago que dice: “Habrá juicio sin misericordia para quien no ha sido misericordioso, mientras que la misericordia no tiene miedo al juicio.” (Santiago 2, 13). Y continúa: “Hermanos, si uno dice que tiene fe, pero no viene con obras, ¿de qué le sirve? ¿Acaso lo salvará esa fe? Si un hermano o una hermana no tienen con qué vestirse ni qué comer, y ustedes les dicen: «Que les vaya bien, caliéntense y aliméntense», sin darles lo necesario para el cuerpo; ¿de qué les sirve eso? Lo mismo ocurre con la fe: si no produce obras, muere solita. Y sería fácil decirle a uno: «Tú tienes fe, pero yo tengo obras. Muéstrame tu fe sin obras, y yo te mostraré mi fe a través de las obras.”  (Santiago 2, 14-18).  Es pues, claro que no basta tener buena intención ni dar “sabios consejos”, que no tendrán razón de ser sin sustentarlo con algo material.

Por eso, pensando que muy probablemente estos hermanos atraviesen nuestros Estados, sería muy bueno reunir un poco de comida y ropa para aliviar en algo sus necesidades. Quizás nunca nos tocará a nosotros vivir una situación tal, pero si podemos ayudar y no lo hacemos, de esa omisión se nos pedirá cuentas. Cristo es muy claro en este sentido, como lo narra el Evangelio de San Mateo:

“Y el Rey les dirá: “En verdad les digo que cuanto hicieron a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicieron. “Entonces dirá también a los de su izquierda: “Apártense de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el Diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre, y no me dieron de comer; tuve sed, y no me dieron de beber; era forastero, y no me acogieron; estaba desnudo, y no me vistieron; enfermo y en la cárcel, y no me visitaron.””  (Mateo 25, 40, 43)

Es, pues, urgente, que desechemos sentimientos egoístas y temores infundados, pues  el hecho de que este grupo pase por territorio nacional nos da la oportunidad de ejercer la caridad.  Los Obispos mexicanos, han publicado un comunicado, firmado en la Ciudad de México el 21 de octubre de 2018, por Mons. Guillermo Ortiz Mondragón, responsable de la dimensión de Movilidad Humana, el Cardenal José Francisco Robles y el Obispo Alfonso Miranda, presidente y secretario de la Conferencia del Episcopado Mexicano, respectivamente,  titulado “Los gritos del pobre” en el que comentan “Hoy en especial nos inquieta el grito estremecedor de nuestros hermanos de Honduras y de otros países centroamericanos que han emprendido una caravana en búsqueda de la supervivencia un éxodo de liberación”.  Continúa diciendo: “Y asombrados contemplamos que con esta caravana, como con los distintos gritos del pobre, surgen miembros de la sociedad tratando de sofocarlos al percibir esos gritos como amenaza para su confort e intereses propios.”

Insiste el documento en que “nuestros hermanos en desplazamiento son los verdaderos pobres, a los que estamos llamados a dirigir nuestra mirada para escuchar su grito y reconocer sus necesidades”.

Los obispos agregan que “Todos en la Iglesia y en la sociedad estamos llamados a salir al encuentro de los desplazados y ofrecer nuestro apoyo tanto organizado como espontáneo como principio de humanismo y caridad”.  Resulta oportuno señalar que para dar apoyo a los hermanos desplazados, la pastoral de Movilidad Humana trabaja con 133 albergues y centros de atención y orientación, además  la Iglesia de Tapachula y San Cristóbal de Las Casas, junto a otras Iglesias y comunidades religiosas, organismos gubernamentales y de la sociedad civil, han instrumentado acciones para favorecer humana y cristianamente a nuestros hermanos en la ruta de su desplazamiento.  (El documento completo puede consultarse en esta liga: https://www.cem.org.mx/Slider/318-ver-detalle.html)

No podemos quedarnos de brazos cruzados.  Oremos y trabajemos para que estos hermanos encuentren una mejor situación para sus familias, y, en el trayecto, hagámosles la jornada menos dura con un poco de ayuda y una palabra de aliento.

Que tengan una excelente semana.