En el mundo y en México estamos sumamente desorientados. Como ciudadanos y como cristianos nos preguntamos qué hacer en estas circunstancias. Vemos la situación de países estables –democráticamente hablando—como Francia y la protesta de los “Chalecos Amarillos”, y nos quedamos pasmados: el alza en las tarifas en el combustible ha detenido la respiración de una de las economías más poderosas del mundo, fruto del movimiento liderado por una aficionada al acordeón, un camionero y una vendedora de cosméticos.

Contemplamos, en nuestro país, el paso de miles de centroamericanos hacia “la tierra de la gran promesa” y nos preguntamos si algún día nosotros no seremos ellos. Luego, el forcejeo entre el Poder Judicial de la Federación y AMLO por los sueldos de los ministros, magistrados y jueces. El forcejeo entre el Tribunal Federal Electoral y Morena por el caso Puebla… La fluctuación del dólar, el aumento –si eso cabe todavía—de la violencia en las calles y en los campos mexicanos; los tuiters de Trump, la promesa del muro, la guerra comercial con China, las maniobras de Putin, el calentamiento global, el hambre brutal y el éxodo en Venezuela, la llegada al poder de la ultraderecha en Brasil…

El mundo se ha vuelto loco, solemos decir en el café. Pero eso no soluciona nada. ¿Qué hacer?, seguimos preguntándonos preocupados. ¿Hay respuesta? Una sola: ser buenos cristianos. Cristianos de tiempo completo. La guía es el Evangelio. La regla de oro: hacer a otros lo que queremos para nosotros. Que nazca Jesús en nuestro corazón. Y en la vida pública. Que el Evangelio se introduzca en nuestro lenguaje, en nuestros huesos, en la totalidad del ser que somos. Sin miedo, sin prisa, pero sin pausa. Es la hora de los ciudadanos. Juntos somos una fuerza totalmente imbatible. Juntos.

El Observador de la Actualidad

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