Por Miguel Aranguren

Qué gastado está el discurso que nos advierte de la compleja polisemia del verbo «amar», del sustantivo «amor» y sus extensiones. Utilizamos tantas veces estas palabras, las escuchamos con tanta frecuencia (hay quienes las incluyen al saludar, aunque apenas conozcan al otro: «¿Qué tal, amor?», «¿Cómo estás, cariño?») que nos pasan como medusas transparentes por el agitado océano de todos los días.

De amor es de lo que hablan la mayoría de las canciones, aunque en muchos casos no se trate -en el argumento que da cuerpo a la melodía- de una voluntad cierta de entrega sin condiciones sino de una macedonia de sentimientos de ida y vuelva, de vuelta y revuelta, de revuelta y sanseacabó.

Muchos cristianos aceptamos que Dios es Amor, pero sin entenderlo. Aceptamos la idea de que Dios sea una especie de hippie de largas barbas blancas y camisa de flores, que nos anima a pasear por el mundo con una bandera que representa una suerte de flower power celeste, entre aromas de incienso y ecos de coral parroquial. Pero, ¿qué doctrina acompaña a esa concepción de Dios?… Después de un incómodo silencio, encogemos los hombros sin ofrecer respuesta.

Incluso para los sabios, el Amor de Dios no es fácil de explicar. Ni de entender. Va unido a sus atributos, especialmente a su infinita Misericordia, por la que perdona y olvida, aunque sin renunciar a su Justicia, con la que sentenciará el destino eterno y maravilloso de los santos. Pero no quiero dejarme llevar por esta deriva, que no soy teólogo sino un simple observador que apenas llega a darse cuenta de las manifestaciones de ese Amor divino que se reflejan en tanta gente buena, en tanto «santo de la puerta de al lado», como con genialidad ha definido el Papa Francisco a los cristianos que, incluso sin saberlo, prenden de luces a la rutina.

El amor logra en el hijo una natural reproducción respecto a los modos de su padre. «¡Cómo se le parece!», exclamamos ante el niño que replica los ademanes de su progenitor. No es tanto la semejanza física, que también, como un instante en el que el gesto, la mirada, un leve visaje recuperan el de aquel que lo engendró o el de aquella que lo concibió. Y como en Dios no caben los rasgos físicos -sí en Cristo, aunque en la narración de los Evangelios podemos interpretar que, tras la Resurrección, su cuerpo glorioso no ha quedado sujeto a un molde concreto-, las acciones, los guiños de los «santos de la puerta de al lado» son un hacer, un obrar, interior y exterior en el que se percibe el vértigo de lo infinito.

¿Quién que se haya parado a contemplar el trayecto de su vida, liberado por unos momentos del hoy y del ahora, dejando de lado la ansiedad que nos distrae de lo único importante, no se ha removido al considerar los jalones de Amor que, a través de la presencia de determinadas personas, le han mostrado el rostro de Dios? Es la colección que cada uno de nosotros tiene de sus «santos de la puerta de al lado». Una abuela, un profesor, un amigo, un confesor al que acudimos en cierto momento, alguien que nos regaló una sonrisa, una lágrima, una mirada, unas palabras que nos sobrecogieron por traernos el fuego de un destino prodigioso, un conocido del que supimos un comportamiento heroico y aquel o aquella que con tierna constancia nos enseñó a rezar.

Las noticias que trae la prensa nos cuentan que el mundo no tiene remedio porque el hombre solo sabe hacer el mal. Muerte, crimen, odio, celos, deshonra, deshonor… son los distintos géneros de una realidad desalentadora. Pero el Amor nos eleva para que contemplemos la verdad de las cosas: en los entornos de la muerte, del crimen, del odio, de los celos, de la deshonra, del deshonor… están los «santos de la puerta de al lado», indispensables para que sigamos reconociendo los atributos de nuestro padre Dios.

Publicado en la edición impresa de El Observador del 25 de noviembre de 2018 No.1220

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