Por José Francisco González González, obispo de Campeche

La Navidad es un tiempo importante y significativo en la vida y en nuestro calendario. Hablar de Navidad favorece la asociación de distintas imágenes en nuestra mente. O es el tiempo de la paz, del recogimiento, de la gratitud, de la solidaridad; o es el tiempo del exceso, de la farándula, de la extroversión, del egoísmo a ultranza. El Papa nos invita, en este 2018, a vivir esta fiesta en torno a Jesús, en silencio, reflexión, humildad y sencillez.

En este Niño se manifiesta el Dios-Amor: Dios viene sin armas, sin la fuerza, porque no pretende conquistar, desde fuera, sino que quiere, más bien, ser acogido libremente por el hombre. Dios se hace Niño inerme para vencer la soberbia, la violencia, el afán de poseer y de dominio del hombre.

La Navidad es una oportunidad privilegiada para meditar el sentido y el valor de nuestra existencia, y nos exhorta a meditar la bondad misericordiosa de Dios, que ha salido al encuentro del hombre para comunicarle directamente la Verdad que salva y para hacerlo partícipe de su amistad y de su vida.

SAN AGUSTÍN NOS GUÍA PARA VIVIR LA NAVIDAD

El gran Padre de la Iglesia, San Agustín, nos ayuda con su reflexión a vivir la Navidad. Así lo escribe: “Mi boca cantará las alabanzas del Señor, de ese Señor por el que fueron hechas todas las cosas y que se hizo como una de ellas; que es el revelador del Padre y el creador de su Madre; el Hijo de Dios, nacido del Padre sin tener madre, el Hijo del hombre nacido de madre sin el concurso de padre; el gran día de los ángeles se hace pequeños en el día de los hombres; Verbo-Dios antes de todos los tiempos, y Verbo hecho carne en el tiempo oportuno; creador del sol y creado bajo el sol.

“El que ordena todos los siglos desde el seno del Padre, consagra el hoy desde el seno de su madre; el que permanece siempre en el seno del Padre, sale hoy del seno de la madre; el creador de cielos y tierra, nace hoy bajo el cielo en la tierra; Sabiduría inefable, y Sabiduría callada en el silencio del infante; llena el mundo y yace en un pesebre; gobierna los astros y sorbe la leche de su madre; grande en su condición divina y pequeño en su condición de siervo, pero sin que su pequeñez disminuya su grandeza, ni su grandeza aplaste su pequeñez.

“Pues al tomar el cuerpo humano no desistió de sus operaciones divinas ni de abarcarlo todo con fuerza desde un extremo hasta el otro y disponer todas las cosas con suavidad. Cuando se revistió de la flaqueza de la carne, descendió al seno de una virgen sin quedar encerrado para siempre en él; y sin sustraer a los ángeles el alimento de la sabiduría, nos dio a gustar cuán suave es el Señor…

“Que el Verbo se haya hecho carne no se sigue que haya dejado de ser Dios, puesto que el que nació en esa misma carne a la que el Verbo se unió, es el Emmanuel, Dios con nosotros. Así, como la palabra que llevamos en el corazón deviene una voz cuando nuestra boca la profiere, pero no hay cambio de una en otra, sino que la primera permanece íntegra al revestirse de la otra, de suerte que el pensamiento permanece en la mente, mientras suena la voz, lo que se profiere con sonido es lo mismo que antes sonaba en el silencio”.

La Diócesis de Campeche les desea ¡Que tengan una Feliz Navidad!