Por Modesto Lule MSP

«Pasajeros con destino a los Cabos, favor de abordar por la puerta ‘C’», avisaba una voz chillona. Yo me encontraba en la sala del aeropuerto de la ciudad de Los Ángeles, California, listo para emprender mi viaje de regreso a México. Estaba un tanto distraído pero no del todo ausente. Muchos viajeros hablaban mientras esperaban su vuelo, y sus voces se mezclaban formando un gran bullicio en aquel lugar.

Suspiré hondamente y, metiendo mi mano en el bolsillo de la chamarra, saqué mi boleto de avión. Vuelo 641 con destino a la Ciudad de México. Hora de partida 1:15 am.  Hora de llegada 7:15 am. Asiento: 21, A. Alcé los ojos, no comprendía el murmullo que cada vez se hacía más fuerte entre los que se encontraban en la línea de espera. Pronto supe el motivo de aquel revuelo: –El vuelo se retrasó y saldrá  mañana a las 8:30 am, dijeron.  Oh, no. Eso era lo que me temía, pensé.

Mientras decidía qué hacer escuché un grito furibundo: –¡Maldita sea! Ustedes no saben quién soy yo. Pero esto les va a costar caro y se van a acordar de mí. Quise descubrir quién era el hombre que escupía tanto fuego por la boca y con disimulo volteé. ¡Estúpidos! Gritó él.

Las demás personas se miraban consternadas por la escena ocurrida en aquel instante. Pasados algunos minutos llegaron los elementos de seguridad del aeropuerto, para tranquilizarlo por lo molesto que estaba por el retraso del vuelo.

Los instintos del hombre

Yo miraba para todos lados sin mirar nada en concreto. De pronto alguien llamó mi atención. Era un hombre de avanzada edad que transmitía una gran tranquilidad en el rostro. Él se percató de mi mirada y me sonrió con franqueza. – ¿Se estropearon los planes verdad?, me dijo. –Así es, señor, le contesté. –No cabe duda de que nuestra sociedad atraviesa etapas difíciles, ¿verdad, joven? – ¿Por qué lo dice, señor?, le pregunté. –Por el incidente que sucedió hace unos momentos.

Es increíble cómo el hombre se deja llevar prioritariamente por instintos y se deja envolver por estereotipos de grandeza construidos sobre arena, que provocan quebrantos entre su ser y su vida. Después de suspirar, aquel hombre permaneció unos segundos en silencio con la mirada fija en el vacío. –Perdón, ¿cómo te llamas?, me preguntó. –Mi nombre es Daniel González, respondí.  –Mucho gusto, mi nombre es Abraham Ortega, dijo aquel hombre.

Este era un hombre sabio, pensé. Su visión de la vida era distinta a la de la mayoría de la gente. –Te decía, Daniel, continuó, el hombre es tan débil en su interior que si no se nutre de una fuerza superior, muy fácilmente se deja llevar por situaciones y formas de pensar superfluas. –Quiere decir que si nos dejamos guiar por un mundo materialista y consumista acabamos siendo títeres, ¿no?, le interrumpí. –Así es, joven, me contestó. Por ejemplo, en nuestros tiempos nos atribuimos la personalidad de «un gancho de ropa»: vales por cuanto traes puesto. Y mientras más tienes, más eres.

La sociedad, sin darse cuenta, te esclaviza en un consumismo desenfrenado y atroz. El consumismo nos ha envenenado, nos ha enceguecido. Quizá el hombre busca lo material porque quiere llenar ese vacío que siempre lleva dentro y que no lo deja estar tranquilo. Mi mente asentía a cada una de sus palabras.

La auténtica felicidad

Muchos hombres y mujeres han encontrado una felicidad auténtica en el desprendimiento de sus bienes; san Francisco de Asís, por ejemplo.

Por desgracia, muchos no logran entender que el progreso material, por sí mismo, nunca puede colmar las aspiraciones del hombre, ni dar la felicidad. La tentación de la opulencia conduce gradualmente al individualismo y, por ende, a la difusión de falsos esquemas que llamamos valores: éxito, dinero, poder… La idolatría material se mueve en la búsqueda desenfrenada de bienes y placeres, unas veces como nivel de vida y otras, de espaldas a la solidaridad con los demás.

El hombre consumista no tiene vida interior y por eso vive para la calle, más pendiente de su apariencia externa que de su estado interior. Solamente con Dios se puede descubrir el amor verdadero. Él llena ese enorme vacío que daña al hombre de hoy.

Absorto como estaba en la plática no me di cuenta de que mis familiares me esperaban, hasta que uno de mis hermanos se acercó y me palmeó en la espalda. Con pesar, me despedí de aquel hombre, pidiéndole que me recordara en sus oraciones.

Él también se levantó y con paso firme caminó en otra dirección. Creo que nunca olvidaré ese día, pues recibí una lección de cómo vivir de manera diferente.

Publicado en la edición impresa de El Observador del 6 de enero de 2019 No.1226

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