Por Tomás de Híjar Ornelas, Pbro.

No amar es el primer paso para matar; y no matar, el primero para amar

Papa Francisco

Una frase con tantas implicaciones como la que sirve de título a esta columna, que no se ocupará de él pero sí del torrente de singularidades que la cauda de la modernidad va dejando en el cambio de era, exige una explicación: la frase «sexo fluido», traduce a nuestro idioma de forma menos brusca la de «género fluido», que en inglés se dice gender fluid y tiene más implicaciones. Se aplica para hacer alusión a un ser humano que por no identificarse con el género masculino ni con el femenino se considera «fluido».

Que quienes rechacen o nieguen la fisiología sexual con la que fueron concebidos y vinieron al mundo no deberían suponer la gestión que ahora se hace de alcanzar el reconocimiento jurídico de la misma, toda vez que las consecuencias legales y sociales derivadas de ello son impredecibles.

Pero que ello sea un dislate no interesa, por ahora, a este escribano tanto como el estado de indefensión en el que van quedando los niños y adolescentes que en el primer cuarto del siglo XXI de la era cristiana han de bregar en aguas turbulentas, las de posiciones ideológicas que ya ni siquiera alcanzan el nivel de lo razonable.

Una voz muy respetable para hablar del tema, el del cambio de paradigma, es el venezolano don Arturo Sosa, a la sazón Prepósito General de la Compañía de Jesús, quien en el marco de su intervención ante el pleno del Sínodo de los Obispos de Roma, dedicado a los jóvenes, denunció hace pocas semanas las causas irritantes que inducen a un número cada vez más copioso a engarzarse en polémicas como la aquí planteada.

Según él, la causa que las provoca es «una creciente desigualdad social entre países del mundo, la falta de voluntad política, de detener el deterioro del medio ambiente, el debilitamiento de la democracia, que da paso a populismos ingenuos, nacionalismos discriminantes y personalismos arbitrarios y la presencia de nuevos y viejos rostros de la violencia».

En medio de este batidillo, agrega, se advierten también, como signo de los tiempos, «la detención universal de los procesos de secularización» y «la conciencia creciente de estar habitando en un nuevo mundo, el mundo digital que no se limita al desarrollo de las tecnologías o a un cambio radical en las formas de comunicación, sino que supone una auténtica transformación antropológica, cuyas características y consecuencias apenas logramos ver».

A esos ingredientes añade el fenómeno migratorio, las causas que lo producen y el trato que reciben los desplazados.

¿Qué podemos esperar de una «transformación antropológica» los que hemos hecho nuestro el misterio de la Encarnación?

El Papa Francisco, en el diálogo que sostuvo hace poco con los seminaristas de las diócesis lombardas, da la clave, aplicándola a los aspirantes al estado eclesiástico y por extensión a todos los bautizados, para sortear tales lances: no maltratar a las personas y no estar atados al dinero; evitar la mundanidad mostrándose cercano a los que sufren y saliendo a las periferias existenciales, incluso las de la infancia, de modo que nadie se sienta al margen de la capacidad de jugar con niños, y no convertir las asambleas eucarísticas en vigilias fúnebres, para lo cual recomienda contenidos breves, de no más de 8 minutos, «marcadas por una idea, una imagen y una palabra».

La cristiandad no nació ayer. El misterio de la Encarnación tuvo lugar hace más de 2000 años. El camino andado es breve respecto a lo que falta: hacer del amor un método y un fin.

Publicado en la edición impresa de El Observador del 6 de enero de 2019 No.1226