Ha trascurrido medio siglo del asesinato de Martin Luther King. Pero antes de eso ya había tenido mucho que sufrir a causa de su lucha por la justicia.

Ya decía este Premio Nobel de la Paz: «Si el hombre no ha descubierto nada por lo que morir, no es digno de vivir».

Él estaba dispuesto a pagar el precio que fuera necesario, y así el 4 de abril de 1968 fue muerto de un disparo mientras se hallaba en balcón del Motel Lorraine, en la ciudad de Memphis, Tennessee.

Según la versión oficial —nunca aceptada por la familia King—, su asesino fue un solitario segregacionista blanco de nombre James Earl Ray, que fue arrestado en junio de ese mismo año en Londres, cuando estaba por embarcarse vía aérea a Bruselas.

Pero una investigación del Congreso y una sentencia judicial ponen en duda la versión oficial de un solo asesino. Ray era un ladrón de poca monta, hijo de un padre desempleado y de una madre que tenía dificultades para comunicarse al nivel más básico. Por su desastrosa carrera como ladrón, Ray ya había pasado más de la mitad de su vida en la cárcel sumando sus diversos arrestos antes de disparar contra Martin Luther King. Y, dado su entorno y su coeficiente intelectual, no pudo haber sido capaz de planear él solo, en uno de sus pocos tiempos de libertad, el asesinato del hombre más famoso de Estados Unidos, y de huir tan fácilmente a Europa.

Investigaciones posteriores efectivamente hacen suponer una muy probable conspiración. Y en 1999, en una decisión sin precedentes, se presentó una demanda civil contra Lloyd Owners, el dueño de un restaurante que aseguraba haber participado en una conspiración para matar a King en la que estaban implicados el gobierno, las agencias federales, la mafia y la policía local. Finalmente, el jurado acabó determinando que la muerte de King se debía a un complot en el que habrían estado involucrados varios hombres.

Sin duda Martin Luther King tenía cientos de enemigos, y su sufrimiento fue siempre mucho, comenzando por el simple hecho de pertenecer al grupo humano de los discriminados racialmente. Él relató en alguno de sus libros:

«Cuando mi sufrimiento se incrementó, pronto me dí cuenta de que había dos maneras con las que podía responder a la situación: reaccionar con amargura o transformar el sufrimiento en una fuerza creativa. Elegí la última».

A causa de su lucha social sufrió agresiones físicas y ataques morales, incluyendo miles de insultos y de amenazas de muerte. Fue detenido en varias ocasiones por la policía, apaleado y encarcelado; por ejemplo, en 1956 en Montgomery, y en 1961 y 1964 en Albany, Georgia. Lo acusaban de incitación a la revuelta y por fraude fiscal. También lo acusaron de traición a Estados Unidos, señalándolo con el dedo por sus posturas en el tema de la operación militar de bahía de Cochinos en Cuba y de la guerra de Vietnam.

El 20 de septiembre de 1958, estando en Harlem, un barrio de Nueva York, firmando ejemplares de su primer libro, una mujer negra llamada Izola Ware Curry le encajó un abrecartas en el pecho. El filo de la cuchilla pasó a escasos milímetros de la aorta y King logró sobrevivir de forma milagrosa tras ser operado de urgencia.

En abril 1960, en Atlanta, el Ku Klux Klan colocó y quemó una cruz en el jardín de la casa de King como advertencia en su contra.

El 5 de junio de 1964 hubo un tiroteo sobre la casita de playa que King había alquilado en St. Augustine, Florida, para vacacionar con su familia.

Uno de los hijos de Martin Luther King está convencido de que el propio presidente de EU, Lyndon B. Johnson, formó parte de la conspiración para asesinar al líder social, si bien fueron agentes de la inteligencia del Ejército, la CIA y el FBI los encargados de urdir el plan.

J.Edgar Hoover, director del FBI, dijo en una ocasión que King, ganador del Premio Nobel de la Paz 1964, era «el hombre más peligroso de Estados Unidos y un degenerado moral», y firmó una circular interna en el FBI solicitando que King fuera «expulsado de la escena nacional».

El investigador Kris Hollington ha encontrado que Hoover no sólo hizo vigilar a King e intervino los teléfonos de todos los lugares a donde iba, metiéndose en cada aspecto de su vida pública y privada, sino que recurrió al acoso y a la difamación más descarados, como lo prueba una carta del FBI fechada en 1964 y dirigida a King, en la que se lee, entre otras cosas, lo siguiente: «Escuche, repugnante animal antinatural. Todos sus actos adúlteros, sus orgías sexuales, han quedado registrados»; además lo invitaban a suicidarse: «Ya sabes lo que tienes que hacer. No se puede creer en Dios y actuar como lo haces».

Finalmente, a través de James Earl Ray como su peón, lograron eliminar al gran defensor estadounidense de los derechos civiles cuando éste tenía apenas 39 años de edad. Sin embargo, la autopsia reveló que su corazón era el de una persona de 60 años, evidenciando el estrés sufrido durante dos décadas de lucha. Desde 1957 a 1968, King recorrió más de nueve millones de kilómetros y pronunció unos dos mil 500 discursos.

El 3 de abril, la noche antes de ser asesinado, pronunció estas palabras: «Como a cualquiera, me gustaría vivir una vida larga. Pero no me preocupa eso ahora. Sólo quiero realizar la voluntad de Dios. Y Él me ha permitido llegar a la cima de la montaña. Y he mirado desde allí. Y he visto la tierra prometida. Puede que no llegue allí con ustedes. Pero quiero que esta noche sepan que nosotros, como pueblo, llegaremos a la tierra prometida. Estoy feliz esta noche.

«Nada me preocupa. No le temo a ningún hombre. ¡Mis ojos han visto la gloria de la venida del Señor!».

Redacción

TEMA DE LA SEMANA: MARTIN LUTHER KING: UN LEGADO NECESARIO PARA NUESTRO TIEMPO

Publicado en la edición impresa de El Observador del 20 de enero de 2019 No.1228