Así empieza la Declaración de Independencia de los Estados Unidos, hecha pública el 4 de julio de 1776: «Sostenemos como evidentes en sí mismas estas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre éstos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad».

La actitud mayoritaria de los anglosajones había sido claramente discriminatoria desde su llegada al continente, logrando el exterminio de la mayor parte de la población nativa. Y una ley de Virginia de 1705 había establecido que en las colonias inglesas era lícito someter a la esclavitud a personas de pueblos que no fueran cristianos; de ahí que se secuestraba a personas de África para venderlas como esclavas en lo que hoy es territorio estadounidense, y sus hijos, a su vez, también se convertían en esclavos.

La Declaración de 1776 se antojaba, pues, un acto de justicia. Pero la verdad es que los esclavos negros no desaparecieron; por el contrario, un censo de 1860 contabilizaba que ya había 4 millones de ellos.

Lincoln, racista

Abraham Lincoln, uno de los fundadores del Partido Republicano, ganó en 1860 la presidencia de EU y le tocó enfrentar la guerra civil o guerra de secesión, que estalló al sur del país cuando los «Estados Confederados» —Carolina del Sur, Mississippi, Florida, Alabama, Georgia, Louisiana y Texas— decidieron separarse del resto del país —conocido como «La Unión»— debido a las políticas aduaneras y las referentes a la esclavitud establecidas por Lincoln.

En 1863, aún en plena guerra, el presidente firmó la Proclamación de emancipación, con lo que liberaba a toda la población esclava. Actuó más por conveniencia política que por razones humanitarias, presionado por otros políticos liberales que sí llevaban años proclamando la igualdad de blancos y negros y promoviendo leyes antiesclavistas; porque es un hecho que Abraham Lincoln, a pesar de abolir la esclavitud, era claramente racista, según lo demuestran sus palabras:

«No estoy ni he estado nunca a favor de la igualdad social y política de blancos y negros, ni de otorgar el voto a los negros, ni permitirles ocupar cargos públicos o casarse con blancos».

Y agregaba: «Existe una diferencia física entre las dos razas que prohíbe para siempre que convivan en términos de igualdad».

Él quería que Estados Unidos se convirtiera en un santuario «para los blancos libres del mundo entero», y no para los pocos nativos sobrevivientes ni para los negros, y planeaba que estos últimos abandonaran el país. La propuesta inicial de Lincoln consistía en liberar a los esclavos para luego deportarlos al África, «de donde vinieron». En 1863 urdió un proyecto colonialista con Lord Richard Lyions, el ministro británico para los Estados Unidos, que consistía en enviar a los negros estadounidenses a varias colonias británicas, Honduras, Guinea y a la colonia holandesa de Surinam; pero ya desde 1862, en un discurso a un grupo de hombres negros libres congregados en la Casa Blanca, los trató de convencer de que se marcharan «especialmente a América Central, por la similitud del clima con el de vuestra tierra nativa», y que «por el bien de vuestra raza debéis sacrificar parte del bienestar del presente para llegar a ser tan grandes al respecto como los blancos».

En más de una ocasión Lincoln sostuvo que los negros que pretendieran quedarse en Estados Unidos estaban actuando de forma «egoísta». Y si finalmente los planes racistas del presidente para expulsar a los negros no se concretó, fue porque murió asesinado.

¿Separados pero iguales?

En el papel, las leyes estadounidenses habían acabado con la esclavitud. Pero, especialmente en el sur, hasta los años sesenta y setenta del siglo XX se mantuvieron con todo vigor las ideas y mentalidades racistas; prueba de ello es el surgimiento de sociedades secretas violentas, como el Ku-Klux-Klan.

Al doctor Martin Luther King le tocó crecer bajo las llamadas «leyes de Jim Crow» y luchar contra ellas. De alcance regional, estuvieron vigentes entre 1876 y 1965, y segregaban a la gente según su color de piel, bajo el lema «separados pero iguales». Se aplicaban a los afroestadounidenses y a otros grupos étnicos no blancos en los estados del sur, con un trato que no era de «iguales» sino de «inferiores».

Se aplicaba en las escuelas, en los lugares públicos, en el transporte público, en los baños, en restaurantes, hoteles, tiendas, etc. Hasta había fuentes de agua potable separadas para blancos y para negros.

El logro del doctor King fue la anulación de estas leyes; el presidente de EU, Lyndon B. Johnson, firmó el decreto en su presencia en 1964, y en 1965 la Ley de Derecho al voto que reconocía este derecho a los negros.

Realidad actual

A pesar de que ya han pasado décadas de que se firmaran estos cambios históricos, aún prevalece en cierta parte de la población angloestadounidense la idea de la supremacía blanca. El Ku-Klux-Klan no ha desaparecido, y de hecho ya está creciendo: mientras que en 2005 se calculaban unos 3 mil miembros, al día de hoy hay entre 5 mil y 8 mil.

Otros de los grupos racistas más importantes de Estados Unidos son los neonazis y el denominado Alt-right («Derecha Alternativa»), un grupo enfocado en la identidad blanca estadounidense.

La «Derecha Alternativa» ha mostrado su entusiasmo por Donald Trump, gracias a afirmaciones del presidente como la del 11 de enero de 2018, cuando, haciendo referencia a migrantes originarios de El Salvador, Haití, Nicaragua y Sudán, dijo:

«¿Por qué tenemos a toda esta gente de países ‘agujero de mierda’ viniendo aquí?».

Y prosiguió diciendo que preferiría la llegada de más inmigrantes de Noruega que de esas naciones.

Por su parte, la empresa abortista Planned Parenthood, tanto tiempo financiada por los gobiernos de EU, siguiendo el plan de su fundadora, Margaret Sanger, de «exterminar a la población negra», coloca sus clínicas predominantemente en comunidades de negros y minorías étnicas. Sólo el 13% de la población estadounidense es negra, pero el 37% de todos los abortos que realiza Planned Parenthood tienen lugar entre la comunidad negra.

Desde la aprobación en los Estados Unidos del aborto en 1973, 15 millones de bebés negros han sido abortados, lo que constituye un genocidio mayor que el que el Ku Klux Klan hubiera soñado.

Redacción.

TEMA DE LA SEMANA: MARTIN LUTHER KING: UN LEGADO NECESARIO PARA NUESTRO TIEMPO

Publicado en la edición impresa de El Observador del 20 de enero de 2019 No.1228