Desde que se imprimió en 1944, la Cartilla Moral del ensayista, poeta, traductor y diplomático mexicano don Alfonso Reyes (1889-1959) ha tenido una suerte muy desigual. Alabada –sin entrar en materia—por muchos y denostada por «los intelectuales», es, a su manera, un sencillo y cortés documento que señala, por principio de cuentas, algo que la sociedad mexicana ignora (culpablemente): que «el hombre debe educarse para el bien».

Esto viene a colación por lo que hemos repetido en gran cantidad de ocasiones en los casi 25 años de El Observador: que la verdadera escuela de la moral, la ética y la responsabilidad para con los otros, es la familia. No el Estado ni el Gobierno. No la Escuela (ni la pública ni la privada). Dos de cada tres actos de corrupción que se cometen en México son iniciados por los ciudadanos (por ende, solo uno de cada tres es iniciado por la autoridad). Eso quiere decir, simple y llanamente, que tenemos que volver a los principios que nos heredaron nuestros antepasados y que hemos procurado olvidar en nuestra vida cotidiana.

Educar para el bien es educar bien, integralmente, en respeto a la dignidad propia y de los demás y con una dimensión religiosa (que, al fin y al cabo, va a fecundar a la ciudad). Evidentemente, ahora las familias (y las escuelas) tienen la brutal competencia de las redes sociales y de Internet. Pero don Alfonso Reyes nos recuerda algo fundamental: que «la moral de los pueblos civilizados está toda contenida en el Cristianismo».

Nueve de cada diez mexicanos son cristianos, la mayoría abrumadora se declara católica. Pero hemos hecho caso a la propaganda insidiosa que dicta al oído de los padres de familia que el cristianismo es retrógrado. Por eso nuestra moral está por los suelos.

El Observador de la Actualidad

Publicado en la edición impresa de El Observador del 3 de febrero de 2019 No.1230