Fray Felipe de Jesús se había embarcado en Manila con fray Juan Pobre y otros franciscanos, para un viaje de 8 meses hacia Acapulco, porque en la ciudad de México debía ser ordenado sacerdote. Pero una gran tempestad arrojó el navío en las costas de Japón.

Ya en 1587 había cerca de 200 mil japoneses católicos, y las conversiones a Jesucristo no paraban. El propio Felipe soñaba con ser misionero en aquel país.

Pero el emperador Taiko Sama había decretado días antes la persecución contra los franciscanos y los catequistas, en parte envenenado su pensamiento por la insidia de los ingleses, que le aseguraban que los misioneros católicos sólo eran la parte inicial de un plan de los reyes españoles para invadir Japón y anexarlo a su imperio.

Felipe y demás náufragos de su orden religiosa se alojaron en el convento franciscano de la ciudad de Kioto, y días después el emperador envió soldados y jueces para apresar a los frailes.

Cuando se leyó entre los sentenciados el nombre del mexicano, uno de los sacerdotes gritó: «¡No, al hermano Felipe no, porque es uno de los que vinieron en el barco desde Manila!». Efectivamente, en su calidad de náufrago, san Felipe hubiera podido evitar honrosamente la prisión, los tormentos y la pena de muerte, como lo hicieron fray Juan Pobre y demás compañeros náufragos. Sin embargo, fray Felipe rechazó esa manera fácil de escapar al más sublime testimonio que un ser humano puede dar de su fe en Jesucristo.

También el capitán del barco apeló ante el emperador por la vida de Felipe, pero el fraile respondió: «Ni Dios lo permita que yo salga libre mientras mis hermanos se encuentran en prisión. Mi suerte será la misma que la de ellos».

Él quería abrazarse del todo con la cruz de Cristo. Y Dios aceptó su sacrificio, dándole la corona del martirio.

TEMA DE LA SEMANA: SAN FELIPE DE JESÚS

Publicado en la edición impresa de El Observador del 3 de febrero de 2019 No.1230