El 5 de febrero de 1597 fueron crucificados y asesinados en Nagasaki, Japón, un total de 26 prisioneros cristianos:

6 franciscanos, de los cuales 4 eran españoles, uno de la India y el mexicano criollo san Felipe de Jesús.

3 jesuitas japoneses, entre ellos Pablo Miki.

Y 17 seglares católicos, uno de ellos coreano y los otros 16 japoneses. Algunos eran catequistas e intérpretes. Había un soldado y un médico. También tres niños, de 11, 13 y 14 años de edad, que ayudaban en Misa como acólitos.

NO BASTABA CON MATARLOS: PRIMERO HABÍA QUE TORTURARLOS

El 3 de enero de 1597 se decretó que Felipe y sus compañeros murieran crucificados, pero que antes se les cortaran las orejas y la nariz, y que fueran paseados por las ciudades para causar terror a fin de erradicar la fe cristiana, y para que la gente se burlara de ellos.

Fue gracias a las gestiones de un comerciante español y del capitán del barco naufragado en el que llegó Felipe a Japón, que se logró que el emperador accediera a que sólo se les cortara la oreja izquierda.

A partir del 4 de enero comenzó sin descanso la exhibición y el maltrato de los prisioneros de ciudad en ciudad. Pero las muchedumbres acabaron sorprendidas por la heroica valentía que manifestaron los cristianos, incluidos los niños Luis Ibaraki, de 11 años de edad; Antonio, de 13, y Tomás Cosaki, de 14.

Tras que les cortaran la oreja, el pequeño Luis tomó la suya del suelo, la mostró al verdugo y le dijo: «Me parece poco». Y Tomás y Antonio, dirigiéndose también al verdugo, le increparon: «Corta, corta más si quieres, y hártate bien de sangre de cristianos».

Por su parte, san Felipe de Jesús exclamó:

«Ya dimos la primera sangre; ya nadie nos quitará el gozo de darla toda por la fe».

El 4 de febrero, víspera de su crucifixión, los 26 ya tenían los rostros cadavéricos, los cuerpos huesudos y cubiertos de llagas y heridas, y los pies sangrantes y deformados por la hinchazón, pues habían vivido un mes completo de constantes maltratos.

ASÍ DEBÍAN SER EJECUTADOS

La crucifixión en Japón no era sujetando a la cruz al condenado por medio de clavos que lo traspasaban, sino que se le ataba a ella mediante cuerdas y argollas. Además cada cruz tenía un anillo de hierro más grande con el que se sujetaba al reo por el cuello.

La víctima apoyaba sus pies en un pequeño pedal o base de madera, por lo que la crucifixión no solía ser la causa de la muerte, sino que se mataba así.

Se colocaban dos verdugos con lanza a los lados de cada crucificado. Delante se ponía una tabla en la que se escribía la sentencia del emperador, que para el caso de los 26 mártires fue la siguiente:

«Por cuanto estos hombres vinieron de Filipinas con el título de embajadores y se quedaron en Miyako (Kyoto) predicando la ley de los cristianos que yo prohibí rigurosamente los años pasados, mando que sean ajusticiados junto con los japoneses que se hicieron de su ley».

Finalmente, a una señal dada, los dos verdugos clavaban a cada reo sus lanzas entrando por el costado y atravesando el pecho, con lo que la muerte era instantánea. Así murieron los 26 cristianos.

CUANDO MORIR ES BUENA NOTICIA

El día que se decretó la sentencia a muerte de san Felipe de Jesús, los otros religiosos y los seglares japoneses, ocurrió algo que desconcertó por completo a los jueces y soldados paganos: los cristianos condenados, en lugar de echarse a llorar y suplicar el perdón del emperador, se llenaron de alegría con la noticia.

San Pedro Bautista, uno de aquellos mártires y superior de los franciscanos, escribió al respecto: «Bendito sea Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo por hacernos esta merced de padecer con alegría por su amor».

Hasta los tres niños acólitos condenados a muerte participaban del alegre coraje de sus mayores. A uno de ellos le había preguntado un misionero: «¿Y qué harás tú cuando se enteren que eres cristiano?», a lo que el chico, poniéndose de rodillas e inclinando la cabeza, contestó: «Haré así». «¿Y qué le dirás al verdugo cuando vaya a matarte?». «Diré: ‘¡Jesús, María! ¡Jesús, María!’, hasta que me maten».

Ya en sus cruces, los rostros de todos tenían un aspecto alegre, también el de los tres niños, y Luis, el más pequeño, repetía: «¡Jesús, María!», como dijo que lo haría. Otros entonaban salmos o himnos, y unos más exhortaban a la multitud —unas 4 mil personas, muchas de ellas ya bautizadas— a llevar una vida digna del cristiano, mientras Pablo Miki declaraba públicamente que perdonaba al emperador y a sus demás verdugos.

TEMA DE LA SEMANA: SAN FELIPE DE JESÚS

Publicado en la edición impresa de El Observador del 3 de febrero de 2019 No.1230