Por Jaime Septién

En marzo de 1519 se celebró en Cozumel la tercera Misa en el actual territorio mexicano. Según cuenta Bernal Díaz del Castillo, ésta fue la primera Misa con asistencia de los indígenas. Oficiada por el padre Juan Díaz, el cronista de Hernán Cortés señala que «el cacique y todos los indios estaban mirando con atención» lo que sucedía en el altar improvisado.

Cortés tenía, desde el 18 de febrero de ese año de 1519, a su primer intérprete en la persona de un indígena maya, Melchor («Melchorejo», le apodaba Bernal), tomado tras una escaramuza en Cabo Catoche por la primera expedición de Francisco Hernández de Córdoba en 1517.

Desde entonces la Iglesia ha buscado trasladar la liturgia, las oraciones y la Palabra de Dios a las lenguas indígenas. Esta necesidad de completar la conquista de México en el plano espiritual motivó, también, la protección de los idiomas originarios.

El caso de fray Bernardino de Sahagún es un modelo de amor por la cultura (náhuatl) y por la conservación de su lengua. El fraile franciscano (1499-1590) enseñó a los aztecas a escribir su lengua; a guardar su memoria.

La última década la Iglesia en México se ha volcado a trasladar a múltiples lenguas los textos de nuestra fe. Con ello actualiza la petición del Papa Francisco de estar «en salida». En el corazón de los pueblos originarios respira –purísimo—Tata Dios.

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Publicado en la edición impresa de El Observador del 24 de febrero de 2019 No.1233