Por Luis Antonio Hernández

“Si hablas de tu hermano lo matas». Durante sus ya tradicionales catequesis, el Papa Francisco ha puesto especial énfasis en el poder de destrucción que en nuestro tiempo tienen las habladurías, las calumnias, la difamación y los insultos, al grado que estas acciones pueden anular los derechos, la voz de una persona en la comunidad. Aniquilarla socialmente.

Quienes juzgan y hablan mal del prójimo son personas que no tienen la voluntad de mirar sus propios errores. «Porque miras la paja que está en el ojo ajeno y no te das cuenta de la viga que tienes en el tuyo», ha reflexionado en diferentes momentos el Santo Padre.

La mediatización de la mayoría de las actividades públicas ha convertido a los medios de comunicación, particularmente a las redes sociales, en espacios donde se ventilan y dirimen todo tipo de controversias.

Los políticos han encontrado en estos sitios el ambiente ideal para promover prácticamente sin restricciones sus actividades e imagen, además de dirigir certeros ataques y críticas a sus adversarios, las cuales son inmediatamente replicadas por sus seguidores, hasta convertirse en aplastantes «verdades» virtuales, independientemente de su veracidad y capacidad de comprobación.

En nuestro país, la estrategia de comunicación utilizada por el nuevo gobierno para socializar su ideología y proyectos, así como los resultados de sus primeras acciones, se ha basado principalmente en la difusión de una narrativa construida a partir de las deficiencias, fallas y problemas heredados por las administraciones anteriores, en la que se subrayan sistemáticamente las equivocaciones y omisiones de quienes las encabezaron, enfatizándose a manera de contraste las eventuales cualidades y atributos morales del Presidente de la República y su equipo de trabajo.

Discurso que en pocas semanas ha contribuido a destruir reputaciones personales y profesionales enteras, alimentando la división y el resentimiento entre mexicanos, más que lograr dibujar un horizonte confiable de futuro y esperanza en el que estén incluidos todos y cada uno de los habitantes de este gran país.

No existen los rumores inocentes: cada vez que hablamos mal de los demás imitamos el gesto homicida de Caín, pues el odio y el insulto matan, como ha reiterado en diversas
ocasiones el Papa.

Desmintamos todos aquellos argumentos que se empeñan en excluir a quienes no piensan igual. Construyamos puentes que nos permitan entendernos aun en la diferencia.

Aprendamos a trabajar, a caminar juntos, a mantener vivo un sueño común: la construcción de un México fraterno, unido, en el que el respeto a los derechos humanos fundamentales, la justicia y el bien de todos, sean la constante.

Si un reino está dividido en bandos opuestos no puede subsistir. Una familia dividida tampoco puede subsistir.

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Publicado en la edición impresa de El Observador del 10 de febrero de 2019 No.1231