El 20 de septiembre de 1918 el padre Pío de Pietrelcina, un sacerdote enfermizo que nunca anduvo más allá de unos cuantos pueblos en su natal Italia (ni siquiera fue a Roma), recibió de forma visible los estigmas de Jesús crucificado. El Señor, en una aparición, lo invitó a unirse en su Pasión para participar en la salvación de las personas. Y partir de ese momento comenzó la fama de este sacerdote capuchino, por más que éste rezó y rezó para que el prodigio permaneciera invisible a los ojos del mundo.

Hubo un tiempo en que prevaleció la idea de que los santos ya nacían santos; pero esto sólo se aplica en el caso de la Santísima Virgen, que al haber sido concebida sin el Pecado Original, ya nació santa, lo que no le quita mérito alguno, pues, siendo libre, podía pecar o bien mantenerse fiel a Dios, y siempre optó por esto último. Pero el resto de los santos no nacieron tales, sino que se fueron haciendo así en el caminar de su vida. Algunos nunca recibieron carismas extraordinarios ni manifestaciones divinas particulares, pues estas cosas no son indispensables para alcanzar la santidad. Otros, sin embargo, sí fueron favorecidos de esa manera, ya sea en un período particular de su existencia, o bien a lo largo de casi toda ella. Y este último es el caso del padre Pío.

Francesco Forgione, que era su nombre, podía ver a su ángel de la guarda desde que tenía uso de razón. A los 5 años de edad se le apareció Jesucristo por primera vez, y el pequeño se ofreció desde entonces como víctima, o sea como ofrenda por la salvación de los hombres. A partir de ello, también la Santísima Virgen se le aparecía, cosa que continuó por el resto de su vida.

Como era muy pequeño, Francesco creía que todo el mundo podía ver a Jesús, a María y a los ángeles, lo que demuestra la normalidad con que estas manifestaciones ocurrían en su vida.

Otro impulso inicial para su vida de santidad fue su familia, muy unida y trabajadora pero pobre —su casa era de un solo cuarto—, que todos los días rezaba el rosario y tenía a Dios en el primer sitio; por eso, cuando Francesco manifestó a sus progenitores el llamado que sentía para ser sacerdote capuchino, su papá migró a América —estuvo en Estados Unidos y Jamaica—para trabajar a fin de poder pagar la inconclusa educación básica de su hijo, pues de otro modo no hubiera podido ingresar al seminario.

Gracias a este sacrificio familiar, Francesco pudo ingresar a los 15 años de edad con los franciscanos capuchinos, para convertirse en fray Pío. Y su vida asombrosa lo llevó a que en 2002 san Juan Pablo II lo canonizara, convirtiéndose así en san Pío de Pietrelcina.

D. R. G. B.

TEMA DE LA SEMANA: PADRE PÍO: EL MISTERIO DE LA SANTIDAD

Publicado en la edición impresa de El Observador del 17 de febrero de 2019 No.1232