Por Mario De Gasperín Gasperín, obispo emérito de Querétaro

La provocación

Esta mirada la atribuye san Marcos a Jesús cuando curó a un hombre que tenía la mano paralizada en una sinagoga. La pronunció después que los fariseos reclamaron a Jesús que sus discípulos arrancaban espigas el día sábado, y así violaban la ley de Dios. Jesús les respondió con una provocación mayor. «El sábado se hizo para el hombre, no el hombre para el sábado. De modo que el Hijo del Hombre es Señor también del sábado» (Mc 2, 27).

 El sábado

Para el pueblo judío el sábado era de Dios y para Dios. Su violación merecía la muerte. La supervivencia de Israel dependía de la observancia de este precepto. Así lo explica J. Neusner: «Recordar el sábado para santificarlo es lo que el Israel eterno hacía, y sigue haciendo.

Es lo que hace que el Israel eterno sea lo que es, el pueblo que, como Dios al crear el mundo, descansa de la creación el séptimo día… Hacemos el séptimo día lo que Dios hizo el séptimo día de la creación» (Un Rabino habla con Jesús, Pg.102s). Guardar el sábado es reintegrarse en el reposo de Dios.

 La escena

Estamos en una sinagoga, sitio sagrado donde se rinde culto a Dios y se conoce su voluntad. Un tullido está entre los asistentes. No tiene nombre. Es un anónimo sin importancia. No le pide a Jesús que lo cure. Sólo Jesús se fija en él.

A las autoridades sólo les interesa Jesús, no para seguirlo, sino para espiarlo, para «ver si cura en sábado y acabar con él». Jesús toma la iniciativa: Le ordena con autoridad al tullido: «Levántate y ponte en medio». Jesús lo pone ante la mirada de todos. El tullido obedece sin decir palabra. Es Jesús quien lanza el reto a sus adversarios con la pregunta que va a definir la verdadera imagen de Dios: «¿Qué está permitido en sábado: hacer el bien o el mal; salvar una vida o dejarla morir?» (Mc 3,4).

Ningún acusador respondió. Su silencio fue su condena. Salieron de inmediato y acordaron matar a Jesús. Aquí sabremos cuál es el Dios de Jesús y cuál el de sus adversarios: un Dios que da vida o un Dios que mata. Al evadir la respuesta rechazaron al Dios de la vida y deciden matar a Jesús.

Por eso, el tullido pasa al centro, a lo más visible, pues en él se manifestará la imagen del verdadero Dios. Los adversarios no lo miran. No les interesa el hombre. Les interesa salvar su institución y usan como pretexto los derechos de Dios. Jesús les devuelve la mirada.

Una mirada singular: «Entonces los miró indignado, entristecido por la dureza de sus corazones». La mirada de Jesús penetra las conciencias, se maravilla de su incredulidad, y ésta repercute en su corazón con indignación (ira), que señala la gravedad de su actitud, y la tristeza que expresa la compasión de Dios.

 Imagen, no caricatura

El Dios de Jesús no tolera las caricaturas de su imagen. Le ordena al tullido: «Extiende la mano». No lo toca, sólo le ordena con imperio que levante la mano como Dios sacó a Israel de Egipto con el brazo extendido, en alto. El hombre sano, con la integridad de sus facultades, con el uso responsable y liberador de ellas, es el que fue creado a «imagen y semejanza de Dios». Rehacer esta imagen de Dios es la tarea de los discípulos de Jesucristo. Aquí reside la dignidad humana, la fuente de sus derechos inalienables que anuncia su Iglesia.

Publicado en la edición impresa de El Observador del 10 de febrero de 2019 No.1231