Por Luis Antonio Hernández

Con motivo de la Jornada Mundial de la Paz, celebrada el primer día de 2019, el Papa Francisco regaló al mundo una extraordinaria reflexión acerca de los desafíos de la buena política y la paz.

Dentro de su mensaje el Santo Padre recordó que «la política es un vehículo fundamental para edificar la ciudadanía y la actividad del hombre, pero cuando aquellos que se dedican a ella no la viven como un servicio a la comunidad humana puede convertirse en un instrumento de opresión, marginación e incluso destrucción».

En nuestro país, las primeras decisiones del Presidente de la República, así como la emergencia generada por el desabasto de gasolina en diferentes entidades de la republicana mexicana, que se suscitó apenas unos cuantos días después de esta oportuna disertación, nos permitió prácticamente en tiempo real discernir y analizar los planteamientos de Su Santidad, frente al desempeño del nuevo gobierno.

Todos coincidimos en que la función y la responsabilidad política constituyen un desafío permanente para quienes reciben el mandato de servir a la sociedad, de proteger a cuantos viven en ella y garantizar las condiciones necesarias para construir un horizonte de futuro digno y justo para todos.

Sin embargo, la inercia con la que Andrés Manuel López Obrador emprendió la transformación del orden jurídico y político nacional, así como la forma en la que ha decidido ejecutar cada una de sus decisiones políticas, como la implementación de medidas de austeridad gubernamental, la cancelación de diversas oficinas públicas, los recortes de personal y el combate al robo de combustible, por momentos hacen pensar que sus acciones están más orientadas a complacer al segmento de población que desde hace 18 años comparte su lucha, -quienes pareciera se articulan a partir de la desgracia y complicaciones de aquellos que no comparten su pensamiento-, así como a mandar un clarísimo mensaje de poder y autoridad a los más de 55 millones de mexicanos registrados en el Padrón Federal Electoral que no comparten su ideología, más que a promover la gran transformación que México requiere.

La narrativa utilizada hasta el día de hoy por la nueva administración, para socializar sus proyectos, actividades y resultados, ha contribuido a alimentar la división y el enfrentamiento entre mexicanos, al grado de comprometer peligrosamente el desarrollo y la paz nacional.

Ante esta crítica circunstancia, los ciudadanos de buena voluntad no podemos caer en provocaciones que únicamente lastiman y destruyen. En su lugar debemos sumarnos a la indispensable tarea de reconstruir cuando antes el tejido social, promoviendo, a partir de nuestro testimonio y vivencia en la familia, el trabajo, la escuela y la comunidad, una autentica transformación de la cultura, la sociedad y la política mexicana, que privilegie sobre cualquier otra cosa los derechos fundamentales, la justicia, la fraternidad y el bien de todos.

Publicado en la edición impresa de El Observador del 27 de enero de 2019 No.1229