Cuenta la pedagoga ecuatoriana Rosa María Torres del Castillo, autora de más de 20 libros y ex ministra de Educación y Culturas de su país, que «la primera vez que fui a Japón hubo un hecho que me maravilló: la gente leyendo en el metro. Niños, jóvenes, adultos, sentados, parados, holgados, apretados: todos leyendo. Rarísima sensación: en un mar de lectura, yo era la única que no leía, la única que observaba. Era 1996 y la lectura, entonces, era en papel. Cada cual con su libro, su periódico, su revista… Niños leyendo de cuadernos y libros que sacaban y metían en sus mochilas escolares. Adultos leyendo el periódico, haciendo malabares para mantenerse en pie y para no estorbar a los demás. Todos concentrados.

«El metro convertido en una gran biblioteca rodante. Afuera, en los andenes, la gente esperando con un libro o un periódico en la mano.

«En los cinco días que estuve en Tokio sólo viajé en metro. Estaba fascinada con el espectáculo de la lectura y quería disfrutarlo a tope, contrastando trayectos y distintas horas del día. En horas pico, libros apretados contra el pecho, periódicos en alto, lectores colgados de argollas, arrimados a puertas, enroscados en tubos».

Desgraciadamente el tiempo y la tecnología hicieron una enorme mella en esta conquista cultural. No se necesitaron mas que unos cuantos años para que todo cambiara. Señala Torres:

«En 2005, diez años después, regresé a Japón y volví a sorprenderme y fascinarme. Periódicos y libros habían desaparecido.

«Ahora el metro de Tokio era un escaparate de aparatos electrónicos… Cada cual con su celular o su videojuego. Todos pendientes de diminutas pantallas. Niños y adolescentes cuidando a sus mascotas electrónicas…Afuera, a la salida del metro, la novedad de recipientes para basura electrónica… Me fui caminando al hotel invadida por un indescriptible sentimiento de tristeza y catástrofe. La fiesta de la lectura estropeada por una pesadilla futurista».

Ya señalaba Ray Bradbury (1920-2012), escritor estadounidense de ciencia ficción, el autor de la famosa novela Fahrenheit 451 —donde presenta un futuro perturbador, en el que los libros y la lectura están prohibidos, porque leer obliga a pensar—, que «hay peores cosas que quemar libros, una de ellas es no leerlos». Y también: «Usted no tiene que quemar libros para destruir una cultura. Sólo tiene que hacer que la gente deje de leerlos».

TEMA DE LA SEMANA: DE VERDAD LA LECTURA TRANSFORMA

Publicado en la edición impresa de El Observador del 10 de marzo de 2019 No.1235