El doctor en historia Sebastián Rivera Mir dice que en el imaginario popular el sistema penal de las Islas Marías ha sido motivo de visiones contradictorias, pues van «desde infierno represivo hasta paraíso cálido». Lo cierto es que este lugar «pasó por etapas que incluso fueron opuestas entre sí».

Así, hubo épocas buenas y épocas malas; pero generalmente lo que la gente cree de este lugar apenas le llega a través del cine —como la película Islas Marías, de 1951, protagonizada por Pedro Infante—, las  novelas —como «Los muros de agua», del escritor José Revueltas, que estuvo ahí recluido un par de veces por incitar a la rebelión— o las leyendas, por lo cual a aquel sitio en el océano se le ha llamado «Tumba del Pacífico», «Infierno del Pacífico»  y otros epítetos que sólo hacen pensar en horrores: injusticia gubernamental, opresión, infamia, brutalidad, etcétera.

Después de la novela de Revueltas, las Islas Marías fueron usadas por la izquierda como arma política: dice Rivera Mir que sus militantes empezaron a ver el paso por el archipiélago como una especie de distinción particular, al grado de que algunos de ellos inventaron una estadía en la colonia penal para que nadie dudara de su compromiso radical con su causa.  De este modo también sobredimensionaban la imagen de un Estado opresor.

El actual presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, tras decretar el pasado mes de febrero que desparezca el sistema penal en las Islas Marías y que el archipiélago se convierta en centro cultural y turístico ecológico destinado  a los niños y jóvenes, habló en conferencia de prensa de que así se llega al final de «una historia de castigos, tortura y represión con más de un siglo de vida», y exaltó a José Revueltas ordenando que el complejo turístico y cultural lleve el nombre de «Muros de agua, José Revueltas».

Es verdad que ocurrieron injusticias —por ejemplo, el gobierno recluyó ahí a cristeros: 121 varones y 76 mujeres—, también es cierto que, en ciertos períodos fue un éxito en materia de readaptación social de auténticos delincuentes.

Por supuesto que la idea de que los sentenciados pudieran vivir ahí más como colonos que como prisioneros, e incluso que en algunas épocas pudieran estar ahí en compañía de  sus familias, fue determinante para muchos casos de rehabilitación.

Sin embargo, un punto esencial en el éxito que representó este sistema carcelario para la regeneración de los criminales fue la presencia de la Iglesia en el lugar, ya fuera con su capilla, o con uno que otro sacerdote, sin olvidar entre ellos al célebre «Padre Trampitas»,  todo un personaje que se convirtió por  37 años en «preso voluntario» de las Islas Marías, viviendo como los reos, comiendo como los reos y, sobre todo,  llevando a la conversión y bautizando a unos mil de ellos. Anunciarles el Evangelio y ayudarles a arrepentirse de su pecados y enmendarse, ¡esa sí que es la mejor readaptación social posible, y puerta al Paraíso! Y es algo que la Iglesia continuó realizando con diversas iniciativas.

La colonia penal Islas Marías consiguió, pues, por un tiempo, el objetivo primordial que todas las cárceles deberían tener y en el cual suelen fallar. Sin embargo el modelo colonial no se pudo rescatar, pues, debido a la sobrepoblación en las cárceles continentales de México, en 2005 hubo que  construir cinco  cárceles comunes en las Islas Marías, con las carencias, vicios y corrupciones de cualquier prisión.

D. R. G. B.

TEMA DE LA SEMANA: ISLAS MARÍAS: EL EVANGELIO TRAS LOS “MUROS DE AGUA”

Publicado en la edición impresa de El Observador del 17 de marzo de 2019 No.1236